Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

viernes, 17 de agosto de 2018

INSISTIENDO

No pertenezco a ninguna asociación animalista, sin embargo, mi vida siempre ha estado ligada a los animales abandonados o en situación de indefensión. Siempre he sentido una conexión muy especial con ellos, mucho más que con las personas, y a los hechos me remito.

En mi niñez y adolescencia, aquella época en la que la gente abandonaba a los perros mucho más que ahora, quiero decir, con una ligereza mucho más brutal, solía ver perros vagabundos en el barrio constantemente. Eran los 80 y a mi me llamaban "la perrera". Sobre todo algunos vecinos maledicentes que le iban a mi madre con el cuento de que me habían visto "toqueteando a un chucho lleno de garrapatas y dándole de comer". Buenos vecinos a los que les costaba meter las narices en sus asuntos y que durante el tiempo que duró mi cruzada contra los abandonadores de perros,  me tomaron por la distracción de sus aburridas tardes de verano. A mis padres nunca les gustó ese amor que yo destilaba por los perros, los gatos, los pájaros, las tortugas o los gusanos de seda. Nunca fueron partícipes de él ni me dieron bola con el asunto. Jamás tuvimos animales en casa. Para mi madre, los animales eran una fuente inagotable de enfermedades, mucho más los que vivían en la calle, y cada vez que alguien le decía que me había visto con un perro callejero, me castigaba sin salir. Aún así, yo insistía. 

Y mi insistencia me procuró grandes sufrimientos, pero también grandes alegrías, como por ejemplo Esduval, un mestizo precioso al que quien sabe qué hijo de puta abandonó y que llegó a mi flaquito como un violín. Le construí una cabaña de ramas bajo las terrazas de un bloque, en un lugar de difícil acceso para que nadie pudiera llegar a él y sacarle de allí a patadas (que es lo que solía ocurrir en aquellos tiempos), y le llevé comida y agua hasta que se recuperó. Entonces se convirtió en mi mejor amigo. Me acompañaba al colegio cada mañana y me esperaba a la salida. Creo que fue muy feliz en ese tiempo, hasta que un desalmado... en fin, no puedo ni contar lo que le hizo. En aquella época, torturar a un perro callejero no solo salía gratis sino que era un deporte nacional, al menos en mi barrio y tuve varios amigos que no sobrevivieron a los desalmados. Yo no era lo suficientemente mayor para hacer nada más de lo que hacía por ellos. Ahora sé que lo mejor hubiera sido avisar a una protectora para que se los llevaran, pero ni siquiera sabía que existían lugares donde los trataban bien. Lo único que yo creía que existía eran las perreras, donde acababan matándolos. De hecho, alguno de esos buenos vecinos que se sentían molestos porque yo alimentaba a aquellos chuchos y "atraía enfermedades al barrio", llamó alguna vez a la perrera para que vinieran a buscar a alguno de los perretes que yo intentaba "salvar". No recuerdo que consiguieran atrapar a ninguno. Ni a mi precioso Esduval, ni a Boomer,el perrito de aguas, ni a Jenni, la perrita con el quiste en la pata.
No sé qué fue de Jenni, pero también la torturaron y a Boomer...de verdad que no puedo contarlo. 

Después de aquellas experiencias, me prometí a mi misma hacerme veterinaria para poder salvar a todos los animales que pudiera, pero nunca cumplí mi promesa. Bueno, el año pasado me matriculé para estudiar Auxiliar Técnico Veterinario y terminé el curso como una campeona. De alguna forma, he seguido insistiendo. 

miércoles, 11 de julio de 2018

LOS CHARCOS DE BELGRADO




Se pueden decir muchas cosas de Belgrado, la capital de Serbia, pero ninguna podría definir su espíritu. Quizás, en este caso, la imagen tenga más poder que la palabra. Lo mejor que tiene es que es una ciudad poco turisteada. Se trata de un destino que no está en los circuitos de viajes programados ni tampoco en el ideario de ningún turista corriente. Hay que pensar un poco antes de decidir ir a Belgrado y, sin duda, te tienen que gustar los márgenes y lo atávico.¿Que por qué irse tan lejos? ¿Qué tiene Belgrado? Preguntaréis. Tiene unos charcos maravillosos y una ciudadanía que enamora, porque te hace sentir como en casa. Pocos acostumbrados a los turistas y mucho a sobrevivir (Belgrado ha sido destruida y reconstruida 43 veces), los belgradienses son atentos sin ser pesados y agradables sin se melosos. Antes de ir, leí que eran toscos y serios, pero ¡nada que ver! Para eso ya están los húngaros 
Los belgradienses quieren que te lleves una buena impresión de la ciudad, del país, y hacen todo lo posible porque te encuentres a gusto. Es una ciudad inmensa llena de rincones en los que parece rugir la historia contemporánea, es como si te llamara "estoy aquí, mírame". Además, se come bien y barato y su vida nocturna (para quien guste de tales placeres) es vivísima.

No vayáis todos a la vez, pero id. Id antes de que la manoseen demasiado.






domingo, 17 de junio de 2018

ASÍ, A BOTE PRONTO

Me he sorprendido pensando en las próximas elecciones. Aunque pueda parecer otra cosa, mi modus operandi siempre ha sido votar el programa que más se adapte a lo que yo considero justo, el que más se acerque a mi idea de una sociedad justa. Justa para mi, pero también para los demás. Igualitaria, con medidas que aseguren la sostenibilidad a largo plazo de esa igualdad real, feminista o que se atreva lo máximo posible a luchar contra el machismo estructural (brecha salarial, violencia machista, segregación por género en escuelas...), con políticas que aboguen por el medio ambiente, que respeten la ciencia y le den a la cultura el lugar que merece. 
Si este hubiera sido el programa de Alianza Popular, allá por los 80, yo hubiera votado a Alianza Popular (si hubiera podido votar, claro está). Si fuera el de Vox o el de Ciudadanos hoy en día, yo votaría a cualquiera de estos dos partidos. También si fuera el programa del PP. La cosa es que no lo es. Que igual es casualidad, pero así están las cosas.

Lo que sí puedo decir, es que, casualidad o no, nunca he votado llevada por una corazonada ni porque me cayera bien un candidato, ni porque ese era el partido al que votaba mi familia. He votado con el convencimiento de que ese era el programa que yo quería para el país en el que vivo. En todas las ocasiones, el partido que presentaba el programa elegido por mi, siempre ha sido de ideología de izquierdas, como ya he comentado, pero también es verdad que no siempre el programa se ha cumplido. Al menos, no en su totalidad. Me hago cargo de que los programas no se cumplen por muchas razones, no solo porque sean papel mojado cuando el partido que lo sustenta (como si fuera el santo grial) llega al poder. Sino porque la estructura del estado es compleja y para que una medida se aplique o una ley llegue a instaurarse, no basta con reunirse y votar. Siempre habrá grupos en contra de reducir las emisiones de Co2, aunque se haya comprobado que son perjudiciales para la salud. Incluso habrá grupos en contra de que se eliminen tradiciones monstruosas como la de torturar toros en una plaza. Y así, no se puede. Lo que para mi y para muchos es cristalinamente justo o injusto, para otros no lo es, y sea por llevar la contraria o porque cada cual mea donde quiere, la realidad es que el programa no avanza.

Pero a lo que voy, creo que lo mejor para que el programa avanzara sería instituir una nueva forma de votación. Una votación sin caras, sin cuerpos, sin mítines, sin debates, sin propaganda electoral, solo con programas. Mi propuesta es que los partidos pongan a disposición de los ciudadanos sus programas: en internet, en las bibliotecas públicas, en los kioskos, donde quieran, para que durante varios meses los ciudadanos puedan consultarlos. Los programas, por supuesto, deben estar escritos de forma que todos los ciudadanos puedan entenderlos, no valen tecnicismos, ni párrafos infumables llenos de cifras inasumibles, ni cientos de artículos vacíos para decir NADA. Programas bien redactados, pero claros, con dibujos si hace falta. Y, sobre todo, anónimos. Nada de firmar con el nombre del partido que lo ha formalizado.

Durante unos meses, los programas de cada partido pulularán entre los ciudadanos y serán analizados y comentados entre ellos, en las familias, entre amigos, en solitario, sin verse influenciados por el partido que los ha desarrollado. Los medios pueden hablar de estos programas, claro, pueden incluso hacerse programas (valga la redundancia) de televisión en los que se debatan. Pero siempre por personas ajenas a ellos. Escritoras, profesores, fontaneros, limpiadoras, científicas, actores, camareros, estudiantes, amas de casa, agricultores... El día de las votaciones, todo el mundo habrá tenido ocasión de valorar qué programa le conviene a la sociedad y votará en consecuencia. Y el programa elegido, será el que gobierne. Sin saltarse ni una coma. Bueno, el programa no puede gobernar, tendrían que hacerlo personas humanas, así que ahí estaría quizás el problema. Pero... es cuestión de intentarlo.

¿Qué les parece mi propuesta?

domingo, 8 de abril de 2018

EL NUDO


Me voy a freír un huevo a ver si se me pasa el disgusto, aunque me ha quitado el hambre el anormal éste.

Recapitulemos.

La vida está llena de momentos dulces, salados y amargos. Algunos tienen un ligero aroma a cítrico (eso son mis preferidos), otros llevan tropezones de colores, pero, no nos engañemos, los colores tienen todos el mismo sabor. Solo están para adornar.

Así me sentía yo cuando era más joven, un adorno. Para la mayoría de los tíos supongo que lo era, uno, incluso, llegó a sugerirme que me gastara el dinero en bonitos vestidos y sombreros, que ya se ocupaba él de pagar las cenas y los viajes.

Mis amigas me dicen que no me haga mala sangre, pero ya estoy harta de ser educada. Sobre todo, con personas que no lo merecen.

Me he cruzado por la calle con un tío que me ha recordado que no estoy curada de espanto ante el egoísmo y la cara dura. Ya no soy tan joven como para adornarme y salir a la calle a esperar que los garrulos me escupan piropos y me paguen las cenas. Me refiero, que ya no soy tan joven. Sin embargo, ahora me duelen como no me dolían antes, la falta de tacto y la mentira. No tanto la cobardía. La cobardía es un mal menor, al menos cuando no sirve de excusa para ocultar la maldad.

Yo, como tantas otras (y supongo que tantos otros), me dejé engañar, porque a veces hay que quitarse el coletero y dejar que la brisa acaricie tu cabello, porque no hay que ser tan rígida, porque la vida está para vivirla con todas sus cositas bellas. Y, a veces, el engaño también lo es. Al menos, hasta que eres realmente consciente de lo sabia que permaneciste al arrullo de las caracolas.

Y, frente a este arrullo, está el que se aprovecha de esa empatía y educación que te enseñaron tus padres y que te impide ser la bruja que a veces deberías ser. Esa bruja que te hubiera gritado por la calle "¡Qué coño haces en mi barrio! ¡largo de aquí! no mereces pisar este suelo manchado del pis de los perros de mi barrio. No mereces el aire contaminado que corre de esquina a esquina, ni mereces la basura que pisas, caída de las papeleras de mi barrio". Pero esta bruja, que nunca aprendió a gritar siquiera a quien la hiere, lo único que hizo fue cambiarse de acera para no ver la felicidad en los ojos de quien ya no es feliz con ella, sino con otra. Y se tragó su enfado y su pena, como en otro tiempo se tragó las mentiras.

La bruja, que intuyó demasiado victimismo en tan enorme ego, pero que siguió consolando al dragón como si nada de lo que le decía su cabeza fuese cierto, se cruzó de acera para no ser devorada por las llamas y ahora, en la soledad de su cuarto, intenta despachar su ira. Y lo que más le molesta a la bruja que nunca aprendió a serlo, es no saber escribir con sencillez y usar metáforas estúpidas y nunca  nombres propios para no herir a nadie.

Eso es lo que más le molesta.

martes, 16 de enero de 2018

FEEDBACK

            Jordi Labanda       

Cuando un tío te echa de su vida, aunque luego se haga la víctima y diga que él no ha hecho eso, que te ha perdido y que se siente culpable y todas esas gaitas, te da, irremediablemente, la bajona. Me refiero, claro está, si el tipo te gusta lo suficiente como para continuar con él a pesar de haberle escuchado apenarse porque su hija está demasiado delgada y no va a gustar a los chicos. Por machistadas como esa, una verdadera feminista manda a freír espárragos al tonto a las tres, pero yo soy una feminista bastante flojeras. Sobre todo, cuando la posibilidad de echar un buen polvo está cerca. Sé que es algo que tengo que trabajar y estoy en ello, pero me cuesta, como la besamel y el asunto de las cremas faciales.

Mi abuela tenía una piel maravillosa que heredaron mi madre y todas sus hermanas. Yo, tercera generación, ya si eso. A ver, no me quejo, mi piel no está mal, puedo salir a la calle sin maquillar y no doy susto, de hecho casi nunca me maquillo, sin embargo, esto de cumplir años no ayuda a que una se sienta mejor. Ni con su piel ni con nada. Bueno, en realidad, lo que no ayuda es la mierda de sociedad que hemos creado, en la que una panda de anormales se pasa el día gritándote que tienes que cuidar tu pelo, tu piel, tu peso... porque sino ningún hombre te querrá y eso es lo peor que te puede pasar. Y yo, como feminista y como otras cosas, sé perfectamente que eso son gilipolleces, cómo no lo voy a saber, sin embargo, aquí estoy, narrando mi experiencia en la parafarmacia. Y es que, yo tengo dos extremos, o paso por treinta y ocho tiendas de cosméticos y lo niego todo (es decir, no compro nada después de marear la perdiz durante una hora) o entro en una y me dejo convencer por el primer aspirante a dermatólogo que me dice “buenos días”. Así me sucedió aquella vez que compré un kit de Chanel, que debió costarme el sueldo de un mes, solo porque el vendedor dijo que a mi piel le faltaba luz. LUZ. Que digo yo que Luz Casal no tendrá este problema.

La cosa es que hoy, por lo que sea, estaba decidida a comprar unas ampollas mágicas de esas que te pones por la noche y voilà, al día siguiente pareces guined paltrou (escrito Gwyneth Paltrow) con quince años. Bueno, por lo que sea no. Antes de eso pasé por el banco para darle más rentabilidad a mis ahorros y como el chico que me atendió fue tan encantador y me dijo que sí, que más rentabilidad iba a tener, pues me fui toda contenta creyéndome libre de gastar un poco de dinero. Así que, digamos que toda la culpa es del banco, como siempre.

Al preguntar por las ampollas en cuestión, la dependienta me dijo que esa marca no la trabajaban porque el “feedback” de las clientas había sido malo, entonces yo, envalentonada con la rentabilidad de mis ahorros, le dije “y cuáles tienen un feedback bueno?”. A partir de ahí, no me acuerdo de nada, como aquella noche que me tomé ocho chupitos de tequila y desperté sobre mis vómitos en la cama de un hostal en Salamanca, pero he vuelto a casa con una crema de noche de 40€. Solo espero no haberle dicho a la dependienta que quería una crema para subirme el ánimo, que me sentía vieja y fea porque un tipo me había echado de su vida, aunque él insistiera en decir que no, y que toda mi vida dependía de ese cosmético mágico.

Ahora solo queda saber si funciona, ya no el cosmético, sino este repaso por mis mierdas mientras me tomo el colacao de la sobremesa.

domingo, 14 de enero de 2018

NO LLORES

Vive el presente. Atrévete a soñar. Valórate. Cuida a quien te cuida. Ama lo que haces. Sé feliz. Las cosas llegan cuando tienen que llegar. No llores. El tiempo pone a cada uno en su sitio. Cree en la magia.

El otro día, última sesión de terapia, la psicóloga intentó que calara en mi la idea de que a veces es difícil distinguir entre lo que es intuición y lo que son las propias fantasías, los fantasmas de cada uno. Fue cuando le comenté que me dolía, entre otras cosas, no haber dejado antes una relación que no iba por donde yo quería. Quién sabe si era mi propia inseguridad la que me mostraba, a ratos, la bandera roja, en cualquier caso, dijo ella, lo importante es que te has arriesgado, que has vivido, que lo has intentado y yo estoy contenta de que sea así.

Yo estoy contenta de que mi psicóloga esté contenta, y todos contentos, pero, sinceramente, no creo que continuar una relación que no va por donde tú quieres sea arriesgarse. Me pregunto si no se continúa, también, por cobardía, por comodidad o porque es más fuerte el bienestar que te producen las horas en las que estás con ese alguien, que el malestar que acuna sus ausencias. Quizás porque te enseñaron que, como mujer, ese bienestar compensa siempre, incluso cuando estás lejos de sentir que así es. ¿Qué es exactamente lo que se arriesga alargando una relación que, intuyes, no tiene futuro y cuyo presente es esquivo? Bueno, supongo que se arriesga la paciencia, porque ésta, cada vez, con cada relación, se va transformando en algo más insostenible.

A esto que le llaman vivir, a veces es un poco rollo. A veces es morir y saber cada vez menos de las personas y sus cosas. Las personas y sus cosas. A veces se autodestruyen y te pillan en su camino, otras te toman por lo que no eres y la confusión se mantiene más allá de la última conversación, otras cambian tu manera de mirar el mundo, las menos hacen de tu vida un antes y un después. Pero el cambio siempre es un consuelo, como decía el personaje de Clint Eastwood en Los puentes de Madison, es algo con lo que siempre se puede contar. Aunque a veces seamos incapaces de verlo, porque estamos paralizados ante una situación desapacible, varados, encallados, sumidos en un análisis yermo que lo único que produce es dolor. 

domingo, 31 de diciembre de 2017

SOBRE GUSTOS




No me gustan las pulseras, los pendientes ni los anillos. Todo lo que brilla y cuelga me da grima, sin embargo, me gustan los hombres gordos. Para compensar, me encanta el olor a pan recién hecho y a café, como a todo el mundo. Y el cine. Me gusta pasear sin rumbo, viajar sola, las sábanas blancas, los aeropuertos, los trenes que me llevan a ciudades cuyos nombres no se pronunciar y la música solo a ratos (y a un volumen que solo pueda escuchar yo). Detesto el olor a tabaco como otros detestan el olor a gasolina. También detesto el olor a gasolina. No soporto los centros comerciales, por la gente y el ruido, supongo, y porque me trasladan a la idea de un mundo que ya, desde la infancia, me salpica de pena. 
Me gusta leer, pero no leo todo lo que cae en mis manos. Si un libro me aburre lo olvido en el fondo de la estantería sin apuro, o lo dono, o lo regalo. De la tv me gusta lo que pudo ser y no es. De la radio me gusta todo. No me gusta ver a niños compitiendo por una Play Station o por dinero, cocinando o cantando frente a un público que les vitorea o les acompaña en el sentimiento. Me gusta la risa de los bebés, ¿a quién no?, pero no me gusta pasar más de dos horas a solas con uno, aunque sea de la familia. Me gusta el Trueba David, a pesar de sus pequeñas perversiones y de Tierra de Campos. 
Me gusta el queso, el olor de un patio de butacas vacío, los pimientos rojos asados, el sexo por la mañana y los garbanzos tiernos, casi duros. Detesto eso que alguien atinó en llamar “descafeinado” y cuyo olor ya me provoca incubar un virus de estómago. Me gusta escuchar “no lo sé” de quien no lo sabe. Me gusta madrugar cuando no toca y trasnochar cuando tengo que madrugar obligatoriamente. No me gustan los cómic ni las series ni las películas de dibujos animados. Me gusta desayunar y merendar. No me gusta la gente que piensa que te hace un favor mintiéndote, ni la gente que piensa que te hace un favor diciéndote la verdad. No me gusta la gente que piensa que te hace un favor. 
No me gustan los gritos ni los abusos, aunque sean silenciosos, ni los hombres que se erigen aliados de tus causas para conseguir un par de polvos que inflen su ego. Ni los que van de graciosos, horror, ni el fútbol. Detesto el fútbol y a los que hablan de fútbol. 
Me gusta la buena educación, pero no la imposición de formas de quien cree que está por encima de los demás. No me gusta Bertín Osborne, ni la gente que habla de dinero, ni los sofás sin una manta vieja y suave para arroparse. Me gusta beber gintónic a mediodía en verano, si es frente al mar, mejor. No me gustan los bares de copas con música estridente (por muy buena que sea, siempre suena estridente), ni la gente que solo se divierte en medio del ruido. No me gustan los coches ni las motos. 
Me gustan las personas que denotan, sin estrépito, cierta conciencia social y actúan en consecuencia con ella. Me gusta que, por fin, el feminismo se haya convertido en algo de lo que ya habla todo el mundo, aunque algunos no sepan de lo que hablen. Me gusta la lluvia si me pilla a refugio y los gemiditos de mi gata cuando juega con su pluma de mentira. 
No me gustan las excusas repetidas de los de siempre, ni la condescendencia, ni los diletantes ni el azúcar glass.
Me gustan los elefantes. Ojalá un día se vengen de quienes los matan. 

lunes, 18 de diciembre de 2017

LA CUESTIÓN


No sé si soy capaz de ver la belleza interior de los hombres o me la invento. Como me invento otras cosas para sobrevivir. En realidad, acabo de caer en la cuenta de que he sostenido una teoría errónea durante años y que la he creído a pies juntillas de una forma inconsciente. Como he creído otras cosas para sobrevivir. Y me da en la nariz que mi teoría tiene mucho que ver con la educación patriarcal en la que estoy inmersa desde que nací y de la que es tan difícil desprenderse. Por eso, a día de hoy, ya no sé qué tipo de hombre me gusta, ni por qué elijo liarme con unos y no con otros, ni a cuento de qué continúo con una relación hasta que mi propia teoría me explota en la cara, en lugar de dejarla antes y evitarme textos como este.

Arrepentidos los quiere Dios.

La teoría en cuestión es esa que dice, que me dice a mi, que un hombre feo no puede ser mala gente. Y cuando digo feo me refiero a eso, feo, gordo, contrahecho, calvo, barrigón, bajito, etc. No estoy usando tales adjetivos como insultos, al contrario, son adjetivos que siempre he tenido en alta estima. Lo que no sé es de dónde he sacado semejante idea ni por qué me la he creído durante tantos años. Igual el cuento de la Bella y la Bestia ha tenido algo que ver, aunque reconozco que no soy muy de Disney y los dibujos animados siempre me han astragado bastante. Incluso de pequeña prefería ver personas de carne y hueso haciendo el ridículo (los payasos de la tele, Torrebruno, Alaska…) que a dibujos animados en modo “couch”.

La cuestión es que un hombre no es mejor persona por ser feo, ni los feos son más inteligentes. ¡Y caigo en la cuenta ahora! Igual son más simpáticos, por eso de que adquieren una habilidad que suple su falta de un físico heteronormativo, pero tampoco es siempre así y cuando lo es, a veces puede resultar ser una trampa. Un hombre feo puede tener, y de hecho tiene, el mismo ego que un hombre guapo, solo que no lo muestra a la primera de cambio. Al principio, su ego se esconde en capas de falsa modestia y falta de auto estima, algo que muchos hombres usan para ligar, como bien sabemos. Pobrecito, como soy tan feo y tan gordo nadie me quiere, quiéreme tú, ¿no te doy lástima? Sí, estoy generalizando, pero he tenido experiencias suficientes como para saber que esto es lo que ocurre en la mayoría de los casos.

Un hombre feo puede estar con cualquier mujer porque el físico, en el caso de los hombres, no es un impedimento para desarrollar ningún aspecto de su vida ni un instrumento de presión social como sí lo es en las mujeres. Bueno, igual no puede ser modelo de Armani, pero por lo demás, es libre de pasear su palmito por dónde quiera. Nadie se va a meter con sus canas, su barba, su barriga, sus arrugas… Ve tú, mujer, sin depilar a la playa o acude a una primera cita con canas y sin pintar, a ver cuántas personas te siguen considerando una mujer, o si, por el contrario, te tratan de adefesio y te retiran el saludo. Voy a decir algo asquerosamente frívolo y políticamente incorrecto, pero si yo hubiese sido la mitad de fea y desarreglada que han sido algunos de los hombres con los que he estado, no me habría comido una rosca en mi vida. Que tampoco hubiera pasado nada, al contrario, hubiera aprovechado mi precioso tiempo en cosas más interesantes, pero es la realidad y es una realidad que esconde algo muy siniestro y es el hecho de que yo, por el simple hecho de ser mujer, me siento obligada a arreglarme cada vez que tengo una cita y no solo eso, me siento obligada a estar en forma siempre, a controlar la raya de mis canas, arreglar mis cejas, mis pies y a ser muy cuidadosa con lo que me pongo, depende qué tipo de cita tenga. Sin embargo, he acudido a citas con hombres que han aparecido con la ropa del gimnasio y sin duchar, en chanclas, con la camiseta de estar en casa o con el vaquero más viejo. Que no es que a mi me importe, no soporto un hombre en traje, pero Imaginaos, chicas, que aparecéis vosotras de esa guisa en una primera o tercera cita.


Por supuesto que podría salir del círculo, asilvestrarme, comprarme un camión y pasar de todo y de todos, pero esa no es la cuestión. Quiero decir, que con eso no se acabaría el problema social. Que ya sé que hay parejas en las que no se da esta relación desequilibrada y que se aceptan el uno a otro tal y como son, arreglados, gordos, flacos o calvos. Pero esa tampoco es la cuestión.

sábado, 25 de noviembre de 2017

EN ESE OTRO LUGAR


Somos de esas parejas que solo lo son cuando están juntos. De esos que combaten la desidia con sexo y risas y son compinches en una sola  de las muchas vidas que tienen. Cuando no estamos juntos, no nos enviamos fotos de lo que estamos cocinando, ni nos wasapeamos a altas horas de la noche, ni nos alertamos con la narración de un suceso que, de repente, nos ha recordado algo del otro. No hay mensajes diarios de buenos días o buenas noches, ni cuelga tú, ni promesas presentes ni futuras. El compromiso que nos une es tan inmediato como una amistad de jardín de infancia, igual de frágil. Ambos sabemos que, en cualquier momento, un golpe de viento hará que soltemos el hilo de la cometa.

Sabemos poco el uno del otro, suficiente para echarnos de menos, pero no para mantener un vínculo que nos relacione con quien no está presente en las tribulaciones del día a día. Cuando estamos juntos, nos contamos anécdotas para asegurarnos de que mantenemos la distancia, historias de amantes pasados y pasajeros que refuerzan la pétrea línea que dejamos que nos acompañe. Damos cuenta de cierta insatisfacción vital fruto de la edad y de los obstáculos que no pudimos salvar y surgen conversaciones vagas de viajes y proyectos de vida no comunes que nos aferran a la idea de la separación definitiva.

Tras la despedida en las escaleras del metro, nos convertimos en dos extranjeros con vidas distantes y distintas en puntos geográficos contrapuestos de la misma ciudad. Con familias políticas de las que hemos oído hablar, pero a las que no tenemos intención de conocer ni presentar. 
A veces, no sé si te ocurre a ti, fantaseo con que me encuentro contigo de casualidad en un lugar que no ha sido pactado de antemano para que sea testigo de nuestra intimidad, un lugar que puede ser cualquiera: una calle, un bar, la cola de un cine. Un lugar fuera de ese espacio y tiempo únicos en el que nos buscamos y reconocemos como agentes serviles de un deseo intermitente. En mi fantasía, no me miras y te siento ajeno y desconocido en una ciudad que solo es nuestra a ratos. Acompañado de seres vivientes de los que me has hablado, pero que solo existen en mi desgana. Te miro y es como cruzar una puerta del tiempo y verme a mi misma días atrás: despeinada, sonriente, exhausta y, quizás, empapada de ti y feliz. Me veo a mi, o a la que soy estando contigo, y me reconozco, pero ¿te vería a ti? ¿sería capaz de reconocerte fuera de nuestro pequeño refugio espacio temporal? Lejos de ese rincón donde, ajenos a casi todo, apretamos fuerte el cáliz de la eterna juventud mientras nos miramos en silencio. En tu casa o en la mía, en la butaca del cine, jugando entre las sábanas o desayunando, riendo ante cualquier ocurrencia que nos mantenga alejados del gris de la mañana. ¿Sería capaz?

A veces, cuando estamos juntos, me atemorizas recordando una insignificancia que te conté hace meses o algo que me contaste tú y que regresa porque mi presencia te lo hace llegar. Otras, me enfado porque olvidas qué carrera estudié o que me gusta el café sin espuma. 

sábado, 18 de noviembre de 2017

TAREAS



Incluso en los peores momentos, con los ojos llenos de lágrimas y la bolsa negra rodeando mi cabeza, me asaltan las tareas que tengo que hacer después de comer o las que me auto encomiendo para antes de la cena. Incluso en los peores momentos, intento no perder el Norte inventando tareas insignificantes. Me ha ocurrido siempre. Por muy mal que esté, nunca me dejo ir del todo. No termino de autodestruirme, o quizás lo hago muy poco a poco. Sigo madrugando para ir a trabajar, o a donde tenga que ir, mantengo la casa ordenada y limpia, acudo a las citas programadas, sigo gestionando el poco dinero con el que cuento al mes para mis gastos más vulnerables. Me ducho cada día y mantengo mis canas ocultas bajo una capa de tinte vegetal sin amoniaco, unas veces marrón chocolate y otras rojo bronce. Depende de la oferta del mes del híper. Nunca capaz de darme caprichos extravagantes, de esos que denotan que alguien está mal de necesidad o que hagan hablar de ti a la gente. “Que nadie me tenga que decir nada de ti” era la frase de mi madre siempre que me mandaba al cumpleaños de algún niño o de excursión con el colegio. Así que, sigo con mis tareas como si fuera una persona normal y no pasara nada, incluso cuando pasa. Por eso me cuesta saber cuándo pasa algo y cuándo tengo que dejarlo pasar. Y cuándo plantarme. Me falta perspectiva, o edad. No, edad seguro que no. Ojalá pudiera llamar “proyectos” a las pequeñas tareas con las que lleno incluso las horas más desgraciadas, como he oído por ahí que hay que llamar a lo que hace cada uno para dotarlo de sentido. Pero es que no me sale. Solo son cosas chiquitas que me mantienen viva. Nada importante. 

viernes, 27 de octubre de 2017

TRAGICOMEDIA EN DOS ACTOS


“Te he elegido a ti”

Y, a partir de ahí, te tienes que sentir orgullosa, supongo. Supones bien, porque podría haber elegido a otra. Oh lalá.

Pero qué tonterías se dicen, con lo fácil que es estar con alguien porque te apetece y no porque haya ganado un concurso de méritos. Es como cuando tu amiga te comenta de su nuevo ligue que está “forrado” y acto seguido dice “pero a mi el dinero no me importa”. Por la boca muere el pez. Si no te importa, ni siquiera te viene a la cabeza, porque no te importa y por eso, para eso, los hechos son mejores que las palabras, aunque nada es suficiente cuando intentan convencerte de que eres la ganadora de un concurso en el que no sabías que participabas. Una victoria relativa y siempre temporal, como lo es toda victoria de la que no te haces cargo. De allí donde veo cualquier tipo de rivalidad, desaparezco, quizás porque me siento incapaz de competir o, esto es más yo, porque no creo en la necesidad de hacerlo. ¿Acaso alguien capaz se merece más momentos felices que aquellos que no sabemos responder a ciertas preguntas? A veces, no saber es un lujo que nos permitimos muy poco. Y muy pocos.

“Eres algo más que una amiga”.

Y, a partir de ahí, se abre ante ti el desafío de no saber qué significan exactamente las palabras, que te falten unas y te sobren otras, querer ser bailarina sin tener ritmo ni flexibilidad, perforar la idea que tomaste de aquella mala película de que uno tiene que conocer sus limitaciones, tener mentalidad ganadora y sobrevolar el objetivo. Pero ¿qué objetivo, puñetas?

viernes, 6 de octubre de 2017

EL OTRO BARRIO


Recuerdo cuando quise dejar de estudiar, porque me sentía incompleta en el instituto. Y sola y frágil y eché una instancia para trabajar en el centro comercial que se había instalado en el barrio. El gran edificio gris que iba a tener hasta gasolinera y cines se erguía, orgulloso y feo, al otro lado de la carretera que separaba el barrio obrero, mi barrio, del otro barrio, el de los gitanos. Mientras iba de camino al centro comercial, tras un par de entrevistas en las oficinas principales días atrás, me acordé otra vez de cuando los de este lado quisieron echar a los del otro lado. Recordé a los vecinos en la calle con las cacerolas, en una especie de procesión muy ruidosa durante varias noches seguidas para conseguir que los gitanos se marcharan. Mi madre, normalmente ajena a cualquier protesta social y enemiga de multitudes que no fuera la peluquería, la suya, temerosa siempre de no saber si hacía bien, en aquella ocasión, una de las noches de más ruido, cogió una cacerola y la golpeó varias veces con la cuchara de madera que usaba para mover la bechamel de las croquetas. Lo hizo desde la terraza de la cocina, arropada por varios vecinos que hicieron lo propio desde sus terrazas, algunos al grito de “¡Fuera, no os queremos en el barrio!” Recuerdo que le pregunté, muy enfadada “¿qué tienes contra los gitanos?” y ella, sin dejar de golpear la cacerola, me contestó “¿has visto cómo tienen el parque del lago, todo sucio, además, traen droga al barrio”. “La droga lleva aquí mucho tiempo, podríais hacer sonar las cacerolas para que pusieran una línea de autobús a Madrid”. Ella no dijo nada, pero no tardó en guardar la cacerola.

En la entrevista, no me preguntaron por qué había dejado los estudios, pero sí si tenía intención de casarme y tener hijos. También me preguntaron qué pensaba del terrorismo en España y cómo creía yo que se podría acabar con él. Yo tenía diecisiete años, el curso perdido (pensaba que la vida también) y solo quería ganar dinero para comprar libros y ropa y para ir al concierto de Michael Jackson. En mi cabeza se coló una palabra: “diálogo” y me acordé de las cacerolas y los gitanos. Frente al entrevistador me limité a encogerme de hombros y esbocé un lacónico “no sé”.

lunes, 25 de septiembre de 2017

ATARAXIA


Mañana he quedado con mi amiga María. Hace un año que no nos vemos y cuando me vea dirá “estás más flaca”, como siempre. Ella habrá engordado, como siempre también, pero yo no haré ninguna observación al respecto.

Se casó joven, o bueno, a mi me lo pareció en ese momento, porque entonces todos los momentos me parecían inoportunos para contraer un compromiso tan férreo con alguien. Veintiséis o así. Su madre murió tres días después de su boda de un fulminante cáncer de todo. Ella, su madre, quería verla vestida de novia y por eso mi amiga se casó de blanco y es posible que también por eso agilizara la ceremonia. Se hubiera casado igualmente si su madre hubiera estado sana, pero me juego el brazo derecho a que lo hubiera hecho de negro, como buena heavy que aún es.

A su marido lo conoció una de las noches que salimos de bares, unos años atrás. Un chico muy guapo y muy tímido con el que compartía gustos musicales y maneras de vivir. Formaban una pareja de esas de las que se dice que nadie da un duro, pero en la que yo vi brillar lo más parecido al amor eterno. Encajaban como las piezas de un rompecabezas. Y, aún hoy, siguen encajando. Tuvieron dos hijos. El chico era el bebé más guapo que yo había visto nunca. Sigue siéndolo hoy, a sus trece años. La chica es más lista que el hambre y cinturón marrón de judo. Es idéntica a su abuela materna.

Mi amiga y yo hemos llevado vidas muy diferentes y a penas tenemos ya nada en común, pero nos siguen uniendo los recuerdos y el cariño que aún nos tenemos. Nos vemos muy poco y sin embargo... A veces, me he permitido envidiarla, porque es de las pocas mujeres casadas a la que siempre he visto satisfecha con su vida, con su marido y sus hijos, pero sin perder su autonomía. Con sus problemas, como todo el mundo, pero serenamente satisfecha y feliz. 


Que levante la mano quien no quiera eso.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

EL PÚBLICO

Me vais a tachar de snob, pero es que cada vez que voy al teatro tengo que soportar cada cosa que... Recuerdo que, en el pasado, solía invitar a cualquiera a ver una obra, por eso de no ir sola y tal, sin embargo, con el tiempo, he ido descartando acompañantes. Y, si pudiera, descartaría a muchos de los que ocupan las butacas próximas a la mía, solo sea por limpieza mental.

Recuerdo una amiga que solía hablar durante toda la obra y que ni siquiera tenía la deferencia de hacerlo en voz baja. Mi vergüenza ajena solo era superada por mis ganas de estrangularla allí mismo, bajo el gallinero, delante de un público que, sin duda, vitorearía mi hazaña. Recuerdo otra amiga que se ponía a mirar el móvil en plena función, iluminando media fila de butacas y dejando al descubierto mi cara de espanto. Yo, me disculpaba con gestos tímidos ante las butacas de al lado mientras propinaba codazos a mi amiga que, sorprendida, me miraba sonriendo como quien está manteniendo una conversación muy divertida por Wasap y no piensa dejarla. Recuerdo un tipo que me aseguró que le encantaba el teatro y se pasó la obra con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente caída hacia mi hombro izquierdo. Roncando. Después supe que lo único que quería era echar un polvo y que el teatro le importaba menos que nada. Y luego están mis padres, a los que quiero cantidad, pero ir con ellos al teatro es como estar en la sala de espera del dentista: me come la incertidumbre ante lo que se que va a ocurrir. Si se trata de una obra "moderna de esas" donde en lugar del escenario hay una cocina, aparece gente desnuda o la escenografía consiste en gruesos cabos colgando de los focos, no terminará la función sin que escuche media docena de suspiros y algún que otro "pero esto cuándo termina". Si, por el contrario, se trata de un clásico, las miradas de soslayo buscando conversación y un cómplice para el aburrimiento, se sucederán sin vergüenza alguna. 

Pero, como digo, a mis padres les quiero, pero ¿y los demás? me refiero a los que no son tus acompañantes directos pero están allí como si lo fueran. Porque estamos todos muy juntitos y, ciertamente, es una lotería. Tú llegas, le enseñas tu entrada al acomodador, éste te dice dónde está tu butaca (a lo peor, te acompaña), y se despide ofreciéndote un programa de mano. Pero no te avisa sobre la clase de energúmeno o energúmena que está sentado en la butaca de al lado. Igual no te avisa porque no lo sabe, también es cierto, pero es que tendrían que saberlo. Sería muy bueno que esta información la tuvieran, de ante mano, los acomodadores. Qué digo los acomodadores, estaría muy a la vanguardia tener este tipo de información cuando adquieres la entrada por internet, y, si se trata de una invitación, (por eso de "a caballo regalado"), no sé, al menos contar con un pequeño aviso: "Cuidado con este que estornuda como un rinoceronte", "Cuidado con esta que se pasa media función buscando cosas en su bolso tamaño escombrera". En fin, unas notas al pie para estar protegidos ante la barbarie y no andar con el alma en un puño cada vez que se sienta una en la butaca. Porque sí, porque a mi, el teatro, hasta hace bien poco me relajaba más que escuchar a David Trueba (que ya es decir), pero últimamente se me está haciendo bola... porque, a ver, ¿por qué se ríe la gente antes de tiempo cuando va a ver una comedia? Y cuando digo antes de tiempo, me refiero a que ni siquiera ha salido el personaje y ya se están descojonando. No sé, yo si fuera actriz me mosquearía un montón y terminaría no saliendo a escena o cagándome en los muertos de los que no apagan el móvil, por ejemplo, o de los que no se llevan caramelos si saben que van a toser, o de los que se ríen hasta de la sombra del telón.

Pero no soy actriz, solo soy el público y ¿quién me entiende? hasta Lorca escribió sobre mi y, aún hoy, dicen que estamos ante una obra magestuosa e irrepresentable. Y con la que algún ignorante todavía se ríe.

domingo, 27 de agosto de 2017

MICHEL COLLON

Esta es la lucidez y la información que falta en los medios de masas. Seguramente porque los medios de masas solo quieren crear eso, masas informes de personas que no se pregunten nada, ni se planteen nada, ni se informen más allá de lo que se les cuenta. Masas de ignorantes peligrosos que son los que alimentan el odio que los poderosos quieren como base de su mundo infecto. Masas de racistas, fanáticos y fascistas que combaten el terrorismo con más odio y más ignorancia.
Que por qué no veo tv ni leo periódicos, me preguntan. 

viernes, 18 de agosto de 2017

EXECRABLE, EXTINTO, EXCEDENTE, EXCESO, EXABRUPTO, EXPATRIADO, EXHALACIÓN, EXTORSIÓN...


- Me llevo muy bien con todos mis ex
-Ex ¿qué es eso?

La del “qué es eso” soy yo, y no porque no sepa lo que es un ex, sino porque se me atraganta el principio de la frase y me siento un poco “bicho raro” cuando la escucho, porque yo, a mis ex, no los quiero ni en pintura. A ver, me he llevado muy bien con casi todos mis novios, y con casi todo lo que no fueron novios, a saber, rollitos de verano o primavera, follamigos, etc. Pero me he llevado bien el tiempo que ha durado el litigio, después ya… Cierto es que en un par de ocasiones, quizás tres, la relación podría haberse transformado en una bonita amistad, porque eran tipos mentalmente sanos a los que merecía la pena seguir la pista. Pero ni las circunstancias, ni ellos mismos, o sus nuevas novias (o novios), permitieron que este fenómeno se llegase a consumar. En el resto de los casos, simplemente no me compensaba y cortar por lo sano fue la mejor decisión. Por qué continuar una amistad (o empezar, en muchos casos) con alguien que en la relación “sentimental” ya demostró ser un patán. Chi no che puede, no che puede. Y no pacha nada.

A pesar de tenerlo tan claro, a veces me pasa que envidio a las personas que siguen manteniendo el contacto con sus ex de una forma natural y explícita y me imagino que yo también soy así, un pedazo de pan, y no la bruja que veo en mis sueños. Pero otras, la verdad, me alegro de no tener nada que ver con la vida de aquellos con los que una vez fue o pudo haber sido.

Me pregunto cómo será tener una amistad serena con alguien con quien hubo un amor-pasión irrefrenable (o puro sexo) del que ya no quedan ni las migas. Cómo será continuar en el camino, cuando ya no le miras (ni te mira) de la misma manera, cuando los recuerdos se agolpan a las puertas de un presente que no termina de arrancar y de un futuro que no existe. No sé, llamadme tarada, pero cuando me gusta mucho alguien y la cosa no funciona, no me termina de encajar ninguna relación que no consista en follar y compartir planes, pelis y bolsas de Doritos. Y cuando pasa el tiempo y deja de gustarme, se me desdibuja toda posible armonía. Quiero decir, ya pa qué. Es como si no hubiera capacidad de metamorfosis, porque supongo que eso es lo que es, una transformación de un tipo de relación en otra.

En realidad, lo que quiero es lanzar una llamada a los que creen que los que no queremos mantener amistad con los ex (o los que no insistimos en que así sea) somos unos mal nacidos. No lo somos, o no lo somos por esa razón. Inventaros otra. Conozco a más de uno que es capaz de continuar con su ex “como amigo/a” sin dejar de ser bastante hijo de puta, así que, igual no se trata de eso tampoco. Casi podría decir que el más hijo de puta, en mi caso, es quien más insistió en eso de la amistad. En cualquier caso, no estamos aquí para hablar del pasado, sino del presente. Y en el presente tengo Doritos para aburrir, ñam.

lunes, 14 de agosto de 2017

POR QUÉ NO SON FEMINISTAS MIS AMIGAS DE TODA LA VIDA


Este verano, disfruté de otro fin de semana familiar en el pueblo. Y no es ironía. Realmente disfruté de los dos días intensos en los que solo me ocupo de saborear ricas viandas, saludar a primos a los que no conozco, cantar “la coronela” y matar moscas. Este año, además, mucho más pizpireta, fui con un ánimo especial ya que daba por hecho que me iba a librar de la consabida preguntita, pero no, ni pasando de los cuarenta se libra una. A saber: “y tú, para cuándo?” . Y yo, para cuándo, qué.“¿Para cuándo los niños?”. Para nunca, no quiero tener hijos. “Bueno, ¿y casarte?”. Tampoco. “Pero, novio sí tendrás, ¿no?”. Estoy con alguien, sí. “Y por qué no ha venido?”. Porque está de vacaciones con sus hijos. “Oh, pero tiene hijos?”. Si está de vacaciones con ellos, igual sí. “Oh, Dios ¿no estará casado?”.
BASTA.
Todo muy bien. Comí kiwis directamente del árbol, desperté con el canto del gallo, me bañé en el río, desayuné en los antiguos corrales bajo un gigantesco laurel. Todo muy bien porque ya solo voy al pueblo a comer y los quiero mucho a todos y no me afectan las preguntas, las miraditas y el hecho innegable de que, en mi familia, confesar que no quieres hijos es síntoma de enfermedad mental. Porque hay que tenerlos, aunque no quieras y nunca, nunca decir que no los tienes porque no quieres. Porque nadie te pregunta si quieres, sino por qué no los tienes. Cosa muy diferente. Menos mal que ya me da igual.

Otra cuestión es la de mis amigas de toda la vida. Estas no viven en un pueblo de la estepa castellana, bajo árboles de laurel y kiwis, ni siquiera en una tribu de Malasia, sino en la capital. En el mismo epicentro del feminismo. Lo que es una capital, vaya. No tienen 70 años, como las hermanas de mi madre que me instan a procrear, ni pertenecen a ninguna secta religiosa cuyos preceptos aplasten su libertad de acción y pensamiento. Quiero decir que, a grandes rasgos, son mujeres adultas (del Reiki hablamos otro día), son sensibles y tienen un ligero conocimiento del mundo que las rodea, algunas son de las de pareja de toda la vida, otras van y vienen, otras se tiran a todo lo que se mueve, en fin, lo que viene siendo lo normal. Bueno pues… a ver cómo lo digo… pues eso, que no son feministas y además creen que el feminismo es lo contrario del machismo y que no se puede ser feminista porque eso es ir contra los hombres. Todo el pack del cuñadismo que estamos acostumbradas a soportar las feministas, vaya. A mi me duele, pero aguanto el tipo y, aunque no me gusta abusar del proselitismo, les cuento cosillas y les envío artículos e información sobre el tema de vez en cuanto. Pero nada oye, ni puñetero caso. Ni que decir tiene que jamás me han acompañado a la manifestación del 8 de marzo, ni a la procesión del Santo Coño ni a nada similar. No sé, creo que hay algo en mi forma de contarlo o en los artículos que elijo que no acaba de encajarles, pero no sé qué es. 
Lo que peor llevo no es que no sean feministas, es que no les interesa el tema lo más mínimo y cada vez que quedamos, se limitan a hablar de sus últimos amantes, parejas, hijos, familias políticas o compañeros de trabajo, que está muy bien, eh, válgame, pero, no sé, me gustaría tener con ellas una conversación sobre feminismo alguna vez y no puedo. No puedo porque ni saben ni quieren saber y me siento como cuando surgió el 15M y tanta gente le daba la espalda y yo, toda emocionada, todo lo emocionada que puedo estar con algo lo estuve con el 15M, queriendo contar lo bonito que era todo aquello, me lo tenía que tragar y escribir.
Es frustrante, porque no quiero empezar a plantearme cuestiones extrañas como ¿por qué somos amigas? Pero, es bien frustrante.

Igual os pasa a vosotras también...

domingo, 13 de agosto de 2017

TE INVITO A CENAR

Un señor con pelos en la nariz y en las orejas, me exige que me depile. Un cura que jamás ha parido, me prohíbe abortar libremente. Hombres que no pueden parir, compran niños y alquilan vientres de mujeres pobres. Un señor que vive amparado en los privilegios del patriarcado, me dice que aplicar las cuotas de género es un error. Otro quiere que aplauda que nunca ha ido de putas y que le cambia los pañales a su hijo. Otro cree que es feminista porque le gustan todas las mujeres. Otro porque me abre la puerta y me deja pasar delante de él. Otro dice que si cobro menos es porque las mujeres llevamos menos tiempo en el mercado laboral, pero que ya me paga él la cena. Otro, que solo me gasto 20€ al año en tampones. Otro, que si no quiero que abusen de mi, no me emborrache, ni me ponga minifalda, ni vuelva sola a casa por la noche, ni sonría a los desconocidos, ni ande por sitios raros. Otro me dice que ser madre es la mejor experiencia en la vida de una mujer. Otro me explica las cosas como si fuera tonta. Otro se espatarra en el bus porque, dice, sus huevos tienen que airearse. Otro, que si no folla ahora que le he puesto cachondo le van a doler. Otro, que la historia es la que es y que no hay mujeres científicas. Otro, que no hay presión social en la mujer porque podemos vestir como queramos, tener el peso que queramos y dejarnos las canas al aire sin problema. La prensa titula "una mujer muere al caer por el balcón de su casa" tras ser empujada por su marido. El barrigón de turno, llama gorda a Ada Colau.

Y así todo.

martes, 1 de agosto de 2017

ENSOÑACIÓN


Camina todo lo deprisa que puede, tropezando a cada paso con las grietas del suelo, algunas llenas de la lluvia que inundó la ciudad hace días. Vislumbra la mueca amarga de las personas con las que se cruza, aguanta estoicamente los empujones y las bocinas de los autos que le exigen una rapidez inalcanzable ya para sus piernas.

Hace años odiaba la ciudad. La odiaba por ruidosa y absurda y porque no había forma de entender la disposición de las calles, ni de distinguir las señales para autos y personas. Con el tiempo empezó a gustarle, o se acostumbró a ella y fue descubriendo pequeños rincones en los que soportar el ruido.

Sus sueños siempre se detienen ante el semáforo en verde. Ahora tiene que avanzar deprisa sobre las franjas blancas. Demasiado deprisa y demasiadas grietas en la carretera. Teme caer, a pesar de que la mano de su nieta la agarra con fuerza. Con la otra sostiene un teléfono diminuto.

En la ciudad siempre hay cobertura y su nieta habla animadamente con alguien que no tiene al lado desde hace tres o cuatro calles, sin reparar en que sus pasos son demasiado jóvenes. El semáforo se torna rojo en pocos segundos y los motores de los autos comienzan a rugir de nuevo. Gracias al cielo, piensa, hemos cruzado a tiempo.

Un halo de esperanza inunda sus cansados ojos cuando ve que su nieta se dirige hacia la vereda. Un obrero les sale al paso.

  • No pueden pasar por aquí, den la vuelta.
  • ¿Por aquí no se va al puente?- pregunta su nieta, dejando unos segundos de hablar por el móvil.
  • No, está cortado, hay un puente provisional a cien metros, hacia allí.

Su nieta vuelve a su conversación telefónica y se dirige hacia donde señala el obrero sin reparar en que ella se ha quedado mirando al horizonte. Paralizada.

  • Venga abuela que se hace tarde.

Sus ojos solo alcanzan a ver una gran excavadora amarilla. Más allá no parece haber nada.

  • ¿Y el mar?

Su nieta la toma por el brazo.

  • Venga, que luego me llevo yo la bronca.
  • ¿Dónde está el mar?
  • Aquí no hay mar abuela, esto es Madrid. Venga, vamos.

Al fin cede a la presión del brazo de su nieta y vuelve a caminar intentando no tropezar con todo lo que encuentra a su paso: hierros, trozos de madera, tuberías oxidadas, piedras, montículos de arena. No puede ya volver la vista para buscar el mar porque su nieta va demasiado rápido.

Mientras siguen por el tortuoso camino, intenta recordar la última vez que lo vio. Fue justo hace un año, desde el coche de su yerno, demasiado rápido, pero al menos pudo ver el agua y disfrutar de una agradable brisa marina que le recordó a su valle. No lo recuerda muy limpio, es lo que tienen los mares de las ciudades, pensó entonces.

El puente parece demasiado frágil, demasiado provisional, casi tanto como sus piernas. Su nieta no duda un instante y empieza a subir con paso firme. Ella la sigue, amarrada como está a su mano. Tiene miedo de caer, pero no se queja, ni dice nada. En silencio sube las escaleras que no dejan de crujir a su paso y en silencio cruza el puente, siempre demasiado rápido, de la mano de su nieta.

No quiere mirar bajo sus pies para no temblar demasiado, pero el rugido de una máquina la desorienta y su mirada, casi sin querer, cae. Entonces descubre una imagen nueva y terrible. El mar ha desaparecido. En su lugar hay escombros, polvo, ruido, grandes losas de piedra y máquinas excavadoras. Redes metálicas a lo largo de la vereda impiden el paso a los transeúntes.
¿Dónde está el mar?- se pregunta- ¿Dónde se lo llevaron?

lunes, 31 de julio de 2017

IMAGINA


Acuarela de Marie Tanco Gonzalez, 2017


Imagínate con 44 y sin trabajo en un país que se derrite. Estás casi en el mes de agosto, no eres aficionada a los helados ni sabes hacer gazpacho. Imagina que te gustaba escribir, pero que ahora no lo haces porque has perdido la vida intentándolo. Imagina que has conocido a un hombre maravilloso, aunque sabes que nunca lo son, y que la menstruación aún te jode los polvos del fin de semana. Imagina que tienes una gata a la que adoras, pero que te llena la casa de pelos, pero que adoras, pero que te hace gastar cantidades escandalosas de dinero por su problema de hígado, pero que adoras. Imagina que esperas sus mensajes, pero no tan abrumada como lo harías en otro tiempo, cuando aún tenías algo que decirle al folio en blanco. Imagina las persianas bajadas, el ventilador puesto, un batido de plátano y galletas dormitando en la nevera. Imagina un dolor horrible de ovarios que no te deja dormir de noche ni estar decente a ninguna hora del día. Imagínate ahorrando unos céntimos en el tinte para las canas y vendiendo zapatos de marca para poder ir de vacaciones. Imagina que eres una mujer libre, a pesar del calor y de la cuota de autónomos, y que limpias tu pequeño baño desnuda, minutos después de ducharte. Por tercera vez.