Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

sábado, 25 de noviembre de 2017

EN ESE OTRO LUGAR


Somos de esas parejas que solo lo son cuando están juntos. De esos que combaten la desidia con sexo y risas y son compinches en una sola  de las muchas vidas que tienen. Cuando no estamos juntos, no nos enviamos fotos de lo que estamos cocinando, ni nos wasapeamos a altas horas de la noche, ni nos alertamos con la narración de un suceso que, de repente, nos ha recordado algo del otro. No hay mensajes diarios de buenos días o buenas noches, ni cuelga tú, ni promesas presentes ni futuras. El compromiso que nos une es tan inmediato como una amistad de jardín de infancia, igual de frágil. Ambos sabemos que, en cualquier momento, un golpe de viento hará que soltemos el hilo de la cometa.

Sabemos poco el uno del otro, suficiente para echarnos de menos, pero no para mantener un vínculo que nos relacione con quien no está presente en las tribulaciones del día a día. Cuando estamos juntos, nos contamos anécdotas para asegurarnos de que mantenemos la distancia, historias de amantes pasados y pasajeros que refuerzan la pétrea línea que dejamos que nos acompañe. Damos cuenta de cierta insatisfacción vital fruto de la edad y de los obstáculos que no pudimos salvar y surgen conversaciones vagas de viajes y proyectos de vida no comunes que nos aferran a la idea de la separación definitiva.

Tras la despedida en las escaleras del metro, nos convertimos en dos extranjeros con vidas distantes y distintas en puntos geográficos contrapuestos de la misma ciudad. Con familias políticas de las que hemos oído hablar, pero a las que no tenemos intención de conocer ni presentar. 
A veces, no sé si te ocurre a ti, fantaseo con que me encuentro contigo de casualidad en un lugar que no ha sido pactado de antemano para que sea testigo de nuestra intimidad, un lugar que puede ser cualquiera: una calle, un bar, la cola de un cine. Un lugar fuera de ese espacio y tiempo únicos en el que nos buscamos y reconocemos como agentes serviles de un deseo intermitente. En mi fantasía, no me miras y te siento ajeno y desconocido en una ciudad que solo es nuestra a ratos. Acompañado de seres vivientes de los que me has hablado, pero que solo existen en mi desgana. Te miro y es como cruzar una puerta del tiempo y verme a mi misma días atrás: despeinada, sonriente, exhausta y, quizás, empapada de ti y feliz. Me veo a mi, o a la que soy estando contigo, y me reconozco, pero ¿te vería a ti? ¿sería capaz de reconocerte fuera de nuestro pequeño refugio espacio temporal? Lejos de ese rincón donde, ajenos a casi todo, apretamos fuerte el cáliz de la eterna juventud mientras nos miramos en silencio. En tu casa o en la mía, en la butaca del cine, jugando entre las sábanas o desayunando, riendo ante cualquier ocurrencia que nos mantenga alejados del gris de la mañana. ¿Sería capaz?

A veces, cuando estamos juntos, me atemorizas recordando una insignificancia que te conté hace meses o algo que me contaste tú y que regresa porque mi presencia te lo hace llegar. Otras, me enfado porque olvidas qué carrera estudié o que me gusta el café sin espuma. 

3 comentarios:

Genín dijo...

Demasiadas veces me parece que no pasan los años, como un "dejá vu" en bucle muy familiar, como ahora al leerte... :)
Besos y salud

Caminante dijo...

Buen relato

PAQUITA

Ruben dijo...

Una relación pragmática, y ¡oye! que cuando lo hago yo, parece un sacrilegio...