Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aun la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Linspector, La hora de la Estrella-

viernes 6 de noviembre de 2009

VIAJE ESPISTOLAR


Cuando te diagnostican gripe A solo puedes hacer una cosa: quedarte en cama. Al menos al principio, cuando eres una muñeca de trapo con fiebre y dolores musculares a gogó.
Según va remitiendo la fiebre puedes hacer algunas cosas más: llamar a todo el mundo para darles la noticia (ey, que tengo la gripe A, que me han dado baja toda la semana, que por dos pulsaciones no estoy dentro del grupo de riesgo, que mi médico de toda la vida, el Muñoz, me atendió con guantes... etc.), leer todo lo que tienes pendiente, beberte hasta el agua de la regadera, navegar por la red hasta hartarte, hacer yoga, ponerte el termómetro en lugares que nunca probaste, toser alto y claro, hacer mermelada de albaricoque, leer viejas cartas, planchar los tangas...

En esta segunda etapa, menos febril, también puedes salir a la calle para no convertirte en un topillo de almacén plancha tangas. Eso sí: sin contagiar al personal, es decir, hay que salir con mascarilla. Y aquí, mucho más que releyendo viejas cartas no contestadas, es donde una experimenta eso de que el hombre es un lobo para el hombre:
“Oye, que he visto a la del tercero con mascarilla”, “claro, la anoréxica ha cogido la gripe A, no me extraña, si ejque no tendrá defensas con lo poco que come”, “pobre chica, con lo mona que era”...

Que mis vecinos piensen que soy anoréxica es una exageración (en realidad solo lo piensa la gorda del sexto), pero salir a la calle con mascarilla no tiene precio. No es como llevarla en el ambulatorio, donde la lleva hasta el gato del bedel, es mucho más arriesgado. Una mira la cara de la gente y empieza a imaginarse todo lo que están pensando, verdaderas historias de terror. Sobre todo si se está un poco sonada y atiborrada de pelis yanquis y de imaginación como yo.

Pero esto es cierto: algunos al cruzarse contigo y tu mascarilla te miran de reojo y se apartan sutilmente, supongo que porque creen que te va a dar un tíboli, te vas a bajar la mascarilla de repente y le vas a soltar un lapo vírico en la cara. Nada más lejos de la realidad, por otra parte, porque eso es algo que yo jamás haría, entre otras cosas porque mi hermano nunca me enseñó a fabricar lapos (y mira que se lo pedí un millón de veces). Todo lo más un estornudo pueril tirando a babilla.

Pero vayamos al grano, que yo quería hablar de mis viejas cartas, no de mi gripe A, que tanto hablar de ella se le está subiendo a la cabeza y este Blog es mío. Mi tesoro.

Título: Viejas cartas
Personajes: yo y mi estupidez supina.
Conclusión: me siento como Andrew Whitaker.

A veces guardar viejas cartas y releerlas pasado el tiempo sirve para darnos cuenta de cómo éramos y comprobar si hemos evolucionado en algo y/o para bien. En mi caso ya os voy diciendo que nanai, que de evolucionar nada y menos para bien. En todo caso para regular, aunque eso sería ir de Miss Optimista.

La vida me ha enseñado, a base de golpes, que el mensaje epistolar ya no se lleva ni se entiende y que da igual el esfuerzo que tu hagas en elaborar una carta (confesión o petición escrita), por muy sincera que sea, muy pocas personas lo entenderán. La mayoría consideran que ciertas cosas (o todas) hay que decirlas “a la cara” y el resto ni siquiera se molestan en pensar. Para eso ya está la tele.

Pero me estoy desviando de la linde, en realidad la torpe soy yo y no aquellos que no quisieron responder a las misivas, no sé por qué despotrico contra ellos. Qué manía tengo.

La verdad es que me he sentido un poco ridícula releyendo estas viejas cartas. Ahí, tirada en la cama con mi pijama tres tallas más grandes y el pelo enmarañado, con el rollo de papel higiénico a un lado, el paracetamol al otro, el termómetro en la axila y diez o doce libros desparramados por el suelo.
Tan, tan, tan ridícula que hasta he llorado. Por haber amado tanto, por haber perdido tanto el tiempo, por haber arrancado palabras de mi interior que nadie quería escuchar (y mucho menos leer), por no haber tenido un momento para quemar esas cartas, por haberlas escrito, por haberlas enviado y pensado y por qué tuvo alguien que estornudarme encima, metiéndome su virus en el cuerpo y obligándome a estar encerrada varios días.

¡Eh! ¿por qué?

lunes 2 de noviembre de 2009

COLGADA


Tengo una caja de libros empezados y otros tantos arrinconados por imposibles. Bestsellers en su mayoría. No me gustan los bestsellers. No leo todo lo que cae en mis manos, al contrario, leo poco y casi siempre lo mismo. Hay libros que he leído tres veces y otros ni siquiera una, a pesar de ser clásicos a los que debería dar una oportunidad. Hay libros que he tardado años en leer, otros un par de días. No es por el volumen, ni siquiera por la historia, es por el estilo. Me pierde el estilo.

Juan Rulfo o Rimbaud son estilo.

No me gustan los videos de las bodas ni las vacaciones programadas. No me gusta que me dejen colgada ni me gusta que me esperen. Tampoco me gusta esperar. No me gustan las películas de terror ni el fútbol. Me aburren soberanamente las carreras de coches (creo que lo llaman Fórmula 1), pero flipo con los camiones. No entiendo los dibujos animados de hoy. El domingo visioné una serie titulada Gormiti y aún estoy dándole vueltas. Me gustan los niños, pero no que griten. Quizás no me gustan los niños.

Me gusta Halloween. No me gusta escribir sobre mí. Bajo el cielo protector me embrujó, pero no sé si la recomendaría.

Permanezco colgada sobre la roca, como este balcón mirando al cielo. No sé cuánto tiempo resistiré la embestida del viento. Si acaso un par de minutos más, lo justo para terminar el baile. Que ya termina.

Hay personas que juegan a la vida con ventaja.

viernes 23 de octubre de 2009

MERCADERES DE LA FE


Ahora sí que puedo decir que aquél “crítico de cine” que escribió que Hipatia resultaba fría porque no tenía pulsión sexual era un memo. Un memo indocumentado que no vio en Ágora más que el culo de una mujer, ni siquiera supo preguntarse porqué a esta mujer no le interesaba el sexo, ni, mucho menos, darse cuenta de que ESA era la interpretación que el personaje le exigía a Rachel Weisz. Para ser un crítico de cine profesional y escribir en un periódico no está mal el grado de ignorancia.

En fin, memos aparte, después de visionar Ágora, y desde mi humilde posición de amante del cine y la filosofía, tengo que decir que soy de las que dicen a Alejandro Amenábar. a su inquietud al explorar la apasionante vida de una filósofa enterrada en la noche de los tiempos. a su valentía al destapar los orígenes del cristianismo. al homenaje a las personas ajenas a cualquier fanatismo religioso, amantes de la ciencia, sin las cuales aún estaríamos sumidos en las tinieblas.

Tengo que decir que el final de la peli me dejó tirada en un pozo amargo y me despedí de Hipatia con los ojos llenos de lágrimas. Bueno, ya he dicho en alguna ocasión que soy una blandengue, por lo que esto no debe extrañaros y además tampoco es importante. Lo importante es lo que pasa antes de mis lágrimas y lo que ha venido pasando después, gracias, en buena parte, al legado de Hipatia.

¿No es fascinante que alguien sea capaz de pensar por sí mismo? ¿Que sea capaz de cuestionarse sus propias creencias, de repensar lo pensado para construir cada día su propio universo? ¿Que sea capaz de decir “no” a la imposición de un Dios que nadie cuestiona?

Personalmente me parece una épica tremenda que refleja muy bien los sinsabores de la libertad de pensamiento, sobre todo cuando ésta se ejerce de forma individual. Estoy segura de que si a Hipatia la hubieran apoyado hordas de impíos, la historia (nuestra historia) habría sido muy diferente. Pero entonces no hubo tantos ni tan valientes (libres) para ayudarla y se quedó sola frente a la ignorancia y el miedo del resto de los hombres.

Aún se me eriza el vello cuando recuerdo las palabras del obispo al leer esa proclama contra las mujeres, su obligación de callar y obedecer. Es triste que hoy día siga estando de moda esa proclama, esa falsa misericordia cristiana y el mercadeo de la fe... ¿ah no?...bueno, es cuestión de fijarse en los detalles.

jueves 15 de octubre de 2009

¿ANTIESPAÑOLA?

Hubo un tiempo en que me gustaba ver los programas de viajes. Me refiero a esos en los que un reportero, cámara en ristre, viaja por las afueras del país buscando españolitos aventureros. Estudiantes de élite bienviviendo en Georgetown, enfermeras compartiendo casa rural en la Toscana, biólogos en Kenia, empresarios en Tokio, enamorados de la vida en Miami, cantaores de flamenco en Estambul…

En un principio los veía por mi afán de aventura, mi atracción por lo exótico y, sobre todo, mi admiración por los exploradores. Por todos aquellos que un día, voluntariamente o por circunstancias cuasi místicas, cruzaron las fronteras conocidas para empezar de nuevo. Para cortar, en muchos casos, su vida desde la raíz y colmarla así de nueva sabia de experiencias que de otra forma jamás vislumbrarían.

En el presente me cuesta seguir viendo este tipo de programas, pero no porque ya no me gusten los aventureros, sino porque la admiración de antaño empieza a tornarse envidia mal sana y no me gusta. Además de eso (que ya es bastante) estos programas han proliferado como hormigas alrededor de un terrón de azúcar y el desgaste les ha hecho perder brillo.

Por un lado, el reportero ha dejado de ser natural y su sorpresa resulta forzada, extrañándose de las cosas más tontas, como el hecho de que el español que vive en Alaska cene unos huevos fritos con jamón, o que otro duerma sobre un colchón de agua en su apartamento de Haití. Que digo yo que lo del colchón podría resultar asombroso si el tipo viviera en una choza de boñiga de vaca en Anantapur, La India, pero en su pisito de soltero en Haití cuela perfectamente. Vaya, que no es para exclamar “Madre mía, qué lujo ¿a que jamás te imaginaste estar durmiendo en un colchón de agua en El Caribe?”. Pues es posible que no, pero ¿acaso importa?

Lo que sí importa son las condiciones socio-económicas en las que viven, que casi siempre son mejores que las que dejaron aquí, pero eso parece que no les extraña nada a los reporteros... o quizás les interesa menos a los directores de esos programas. Sin embargo, a mi eso me alucina cada vez más y es la causa principal de la envidia mal sana mencionada. Incluso a sabiendas de que esa impresión (la de que fuera de España se vive mejor) pueda ser, simple y llanamente, una manipulación del poder político para engendrar hordas de ciudadanos insatisfechos/pasivos/tristes y, en consecuencia, manipulables.

A veces parece que nos están susurrando que los que salen fuera son los valientes y los que nos quedamos los cobardes. En parte puede verse así, aunque todo tiene sus matices. Yo, por ejemplo, en el caso de los valientes añadiría el superlativo de “mega solventes” y en el de los cobardes convendría recordar que muchos de los que se quedan es porque quieren. Al fin y al cabo, no se trata de ofender al personal que escoge su tierra natal para vivir sin meterse en más gaitas.

A mí, sin embargo, no me importa ofenderme (o pecar de antiespañola), y a veces sí me considero una especie de cobarde por no haberme ido a la otra punta del globo a empezar de nuevo.
De todas formas dicen que nunca es demasiado tarde… ¿no?

miércoles 14 de octubre de 2009

IN MEMORIAM


M era marroquí (creo que ya hablé de ella en otro post) y tenía una descompensación de nacimiento en la cadera que la hacía cojear, sin embargo, y para compensar, tenía una voluntad de hierro. Dos días en semana iba sola al hospital para su rehabilitación. Un trayecto de 20 minutos desde colegio que para ella suponía más de una hora de camino.
A veces tenía que salir de clase antes de que terminara (la autorización por escrito sobre la mesa del profesor) y recuerdo verla desde la ventana del aula, a lo lejos, cruzando el campo que rodeaba el colegio. Tropezando a veces. Lenta, pero segura. Jamás se rindió.
M era mi amiga, o algo muy parecido en aquellos tiempos de colegio. Una freaky como yo, aunque en su caso más en la forma que en el fondo, porque en éste era mucho más “normal”que una servidora. Fueron su cojera y su nacionalidad las que la relegaron al grupo de los “raros”.

Este grupo lo integraban también D y J y más adelante se nos unió una chica de cuya inicial no me acuerdo, aunque sí me viene a la memoria que siempre andaba despeinada y vestía con colores llamativos, casi estridentes (a pesar de su extrema timidez).

D era testigo de Jehová y tenía un cerebro prodigioso, o al menos eso me parecía a mí. Lo que le hacía merecedor del premio freak era su color de piel: su padre era africano y su madre española, por lo que se convertía en el único chico mulato del colegio y casi hasta del barrio (sin contar a sus hermanas). A mi me encantaba escucharle hablar porque sabía mucho de muchas cosas, sobre todo de aviones y de animales. Eso sí, me daba una pena horrible cuando me contaba que no celebraba la Navidad. Ahora le envidio.

J vivía con su madre y dos hermanos en una chabola cerca del colegio, en el mismo campo que M tenía que cruzar para ir al hospital. Su madre bebía mucho (o eso decían) y su hermano mayor no andaba muy fino. Le podías ver con un carrito de la compra lleno de trastos inútiles por el barrio, como esos homeless norteamericanos. Lo que le hacía a J miembro del “clan” era su visible pobreza. Muy pocos chicos del colegio solían acercarse a él, a pesar de que era un niño divertido e inteligente. Le recuerdo siempre haciéndome reír, y os aseguro que no es fácil.

Ahora intento recordar las circunstancias que nos empujaron a cada uno a formar parte de ese extraño grupo, obviando el hecho de que no fue voluntario, claro. Nadie quiere estar en el grupo de los raros o de los impopulares con 12 años. Ni siquiera un raro. Más bien nos unimos por “eliminación”, porque otros nos eliminaron de sus grupos quiero decir. Y es curioso que me vengan ahora estos recuerdos, después de tantísimos años sin saber nada del grupo ni de sus integrantes. O quizás sea por eso mismo... en una suerte de querer creer que todo les fue bien. O mejor dicho: MUY BIEN.

viernes 9 de octubre de 2009

ORANGE JUICE


Una naranja verde ha dado a luz docenas de bichitos voladores color canela. Serían encantadores si no estuvieran todo el día revoloteando a mi al rededor, interrumpiendo mis labores de cocina y metiendo sus naricillas en la pantalla del PC. No puedo con esos cotillas diminutos, así que hoy decidí abrir de par en par las ventanas y echarlos a todos fuera. Venga, largo. Ya está bien de interrumpir. Tengo que concentrarme y vosotros tenéis un jardín de millones de hectáreas para... bueno, para lo que sea que hagáis los bichitos de las naranjas.

A este punto enciendo la tele para poner un dividi (
Una habitación con vistas, tres Oscar y no es para tanto) y salta un canal privado. Una buena mujer que está a punto de quedarse ciega aprende a separar la yema de la clara con un colador y otra ya sabe caminar con bastoncillo por plena Gran Vía (primera valiente). Entonces me acuerdo del ciego que iba con su hijo de dos años y medio en el bus (segundo valiente). Le pregunta a una señora que espera a mi lado qué bus es el que llega en ese instante y ésta le mira pensando estamparle en la cara un ¡¿Pero es que no lo ve?! Cuando en realidad es ella la que no ha visto su bastoncillo de ciego. Por las prisas de los lunes.

Y en la radio del bus escucho lo del premio de
Obama y luego me entero de que no le gusta nada a mi compañero, que es más de Bush (valiente imbécil) y empiezo a delirar imaginando que compro una zedna en el súper de abajo y le revient... no, no, no, NO. Eliminando pensamientos agresivos. Piiiii. Imaginando unas vacaciones en la Costa Oeste. Chip, chip. Objetivo conseguido.

Como es San Viernes desayuno en el bar "de abajo" mientras leo una crítica de
Ágora. Uno que dice entender de cine comenta a mano abierta que Hipatia (tercera valiente) ,"ese pibón de Rachel Weisz, no es creíble porque no tiene "pulsión sexual" y la historia resulta fría. Y yo me pregunto si antes de hacer una crítica no debe uno informarse de la historia que va a criticar. No sé, cosas como que Hipatia era una filósofa y matemática del S.V. que llevó una vida ascética. Qué coño de pulsión sexual va a tener, y en el caso de que la tuviera ¿por qué tendría Amenábar que hablar de ella? NO es lo que le interesa de la historia porque, entre otras cosas, no es un mostrenco salido como tú.
Ahora, ya en casa, releo algunos de mis post y no me gustan... No quiero hablar más de mi. Me aburre. ¿Cuándo llega la nave espacial? Quiero volver a mi planeta. YA.

Mientras tanto me tomaré un zumo de miles de naranjas (las casitas de mis bichitos valientes que ya sobrevuelan el jardín de los gatos).

domingo 4 de octubre de 2009

WHATEVER WORKS


El universo de Allen no es ningún secreto para nadie. A unos les apasiona y otros lo detestan o no lo entienden (o ambas cosas). Tengo que decir que yo soy del primer grupo y esperaba su nueva peli como agua de mayo. Echaba de menos al Woody de Melinda y Melinda, el Woody bífido, aún tiempo amargado y desternillante. A ese pequeño genio rodeado de su pequeño mundo de amigos y damas en apuros que terminan dándole la vuelta a unos huevos ya bastante revueltos.

Whatever works (Si la cosa funciona) es un delicioso paseo por Manhattan. Un vuelo a ras de suelo sobre todos esos recovecos del comportamiento humano que tanto le gustan a Allen: Lo complicado que lo hacemos, lo sencillo que parece, lo divertida y sana que resulta la vida cuando uno tiene una visión global y se salta las normas que otros le imponen.

Es absolutamente maravilloso comprobar que el pequeño Woody sigue en plena forma, que sus guiones y sus personajes no pierden la fuerza, ni la ternura, ni la capacidad de crítica. Todo a un tiempo, como si no hubiera tiempo para decirlo todo en 92 minutos y además reír a carcajadas.

Pues eso, genial.
Como siempre.