
Cuando te diagnostican gripe A solo puedes hacer una cosa: quedarte en cama. Al menos al principio, cuando eres una muñeca de trapo con fiebre y dolores musculares a gogó.
Según va remitiendo la fiebre puedes hacer algunas cosas más: llamar a todo el mundo para darles la noticia (ey, que tengo la gripe A, que me han dado baja toda la semana, que por dos pulsaciones no estoy dentro del grupo de riesgo, que mi médico de toda la vida, el Muñoz, me atendió con guantes... etc.), leer todo lo que tienes pendiente, beberte hasta el agua de la regadera, navegar por la red hasta hartarte, hacer yoga, ponerte el termómetro en lugares que nunca probaste, toser alto y claro, hacer mermelada de albaricoque, leer viejas cartas, planchar los tangas...
En esta segunda etapa, menos febril, también puedes salir a la calle para no convertirte en un topillo de almacén plancha tangas. Eso sí: sin contagiar al personal, es decir, hay que salir con mascarilla. Y aquí, mucho más que releyendo viejas cartas no contestadas, es donde una experimenta eso de que el hombre es un lobo para el hombre:
“Oye, que he visto a la del tercero con mascarilla”, “claro, la anoréxica ha cogido la gripe A, no me extraña, si ejque no tendrá defensas con lo poco que come”, “pobre chica, con lo mona que era”...
Que mis vecinos piensen que soy anoréxica es una exageración (en realidad solo lo piensa la gorda del sexto), pero salir a la calle con mascarilla no tiene precio. No es como llevarla en el ambulatorio, donde la lleva hasta el gato del bedel, es mucho más arriesgado. Una mira la cara de la gente y empieza a imaginarse todo lo que están pensando, verdaderas historias de terror. Sobre todo si se está un poco sonada y atiborrada de pelis yanquis y de imaginación como yo.
Pero esto es cierto: algunos al cruzarse contigo y tu mascarilla te miran de reojo y se apartan sutilmente, supongo que porque creen que te va a dar un tíboli, te vas a bajar la mascarilla de repente y le vas a soltar un lapo vírico en la cara. Nada más lejos de la realidad, por otra parte, porque eso es algo que yo jamás haría, entre otras cosas porque mi hermano nunca me enseñó a fabricar lapos (y mira que se lo pedí un millón de veces). Todo lo más un estornudo pueril tirando a babilla.
Pero vayamos al grano, que yo quería hablar de mis viejas cartas, no de mi gripe A, que tanto hablar de ella se le está subiendo a la cabeza y este Blog es mío. Mi tesoro.
Título: Viejas cartas
Personajes: yo y mi estupidez supina.
Conclusión: me siento como Andrew Whitaker.
A veces guardar viejas cartas y releerlas pasado el tiempo sirve para darnos cuenta de cómo éramos y comprobar si hemos evolucionado en algo y/o para bien. En mi caso ya os voy diciendo que nanai, que de evolucionar nada y menos para bien. En todo caso para regular, aunque eso sería ir de Miss Optimista.
La vida me ha enseñado, a base de golpes, que el mensaje epistolar ya no se lleva ni se entiende y que da igual el esfuerzo que tu hagas en elaborar una carta (confesión o petición escrita), por muy sincera que sea, muy pocas personas lo entenderán. La mayoría consideran que ciertas cosas (o todas) hay que decirlas “a la cara” y el resto ni siquiera se molestan en pensar. Para eso ya está la tele.
Pero me estoy desviando de la linde, en realidad la torpe soy yo y no aquellos que no quisieron responder a las misivas, no sé por qué despotrico contra ellos. Qué manía tengo.
La verdad es que me he sentido un poco ridícula releyendo estas viejas cartas. Ahí, tirada en la cama con mi pijama tres tallas más grandes y el pelo enmarañado, con el rollo de papel higiénico a un lado, el paracetamol al otro, el termómetro en la axila y diez o doce libros desparramados por el suelo.
Tan, tan, tan ridícula que hasta he llorado. Por haber amado tanto, por haber perdido tanto el tiempo, por haber arrancado palabras de mi interior que nadie quería escuchar (y mucho menos leer), por no haber tenido un momento para quemar esas cartas, por haberlas escrito, por haberlas enviado y pensado y por qué tuvo alguien que estornudarme encima, metiéndome su virus en el cuerpo y obligándome a estar encerrada varios días.
¡Eh! ¿por qué?




