Somos
de esas parejas que solo lo son cuando están juntos. De esos que
combaten la desidia con sexo y risas y son compinches en una sola de las muchas vidas que tienen. Cuando no estamos juntos, no nos
enviamos fotos de lo que estamos cocinando, ni nos wasapeamos a altas
horas de la noche, ni nos alertamos con la narración de un suceso
que, de repente, nos ha recordado algo del otro. No hay mensajes
diarios de buenos días o buenas noches, ni cuelga tú, ni promesas
presentes ni futuras. El compromiso que nos une es tan inmediato como
una amistad de jardín de infancia, igual de frágil. Ambos sabemos
que, en cualquier momento, un golpe de viento hará que soltemos el
hilo de la cometa.
Sabemos
poco el uno del otro, suficiente para echarnos de menos, pero no para
mantener un vínculo que nos relacione con quien no está
presente en las tribulaciones del día a día. Cuando estamos juntos, nos contamos
anécdotas para asegurarnos de que mantenemos la distancia, historias
de amantes pasados y pasajeros que refuerzan la pétrea línea que dejamos que nos acompañe. Damos cuenta de cierta
insatisfacción vital fruto de la edad y de los obstáculos que no
pudimos salvar y surgen conversaciones vagas de
viajes y proyectos de vida no comunes que nos aferran a la idea de la
separación definitiva.
Tras
la despedida en las escaleras del metro, nos convertimos en dos extranjeros con vidas distantes y distintas en puntos geográficos contrapuestos de
la misma ciudad. Con familias políticas de las que hemos oído
hablar, pero a las que no tenemos intención de conocer ni presentar.
A veces, no sé si te ocurre a ti, fantaseo con que me encuentro
contigo de casualidad en un lugar que no ha sido pactado de antemano para que sea
testigo de nuestra intimidad, un lugar que puede ser cualquiera:
una calle, un bar, la cola de un cine. Un lugar fuera de
ese espacio y tiempo únicos en el que nos buscamos y reconocemos
como agentes serviles de un deseo intermitente. En mi fantasía, no me miras y te siento ajeno y desconocido en una ciudad que solo es nuestra a ratos. Acompañado de seres vivientes de los que me has hablado, pero que solo existen en
mi desgana. Te miro y es como cruzar una puerta del tiempo y verme
a mi misma días atrás: despeinada, sonriente, exhausta y, quizás,
empapada de ti y feliz. Me veo a mi, o a la que soy estando
contigo, y me reconozco, pero ¿te vería a ti? ¿sería capaz de
reconocerte fuera de nuestro pequeño refugio espacio temporal? Lejos
de ese rincón donde, ajenos a casi todo, apretamos fuerte el cáliz de
la eterna juventud mientras nos miramos en silencio. En tu casa o en la mía, en la butaca del
cine, jugando entre las sábanas o desayunando, riendo ante cualquier
ocurrencia que nos mantenga alejados del gris de la mañana. ¿Sería capaz?
A
veces, cuando estamos juntos, me atemorizas recordando una insignificancia que te
conté hace meses o algo que me contaste tú y que regresa porque mi
presencia te lo hace llegar. Otras, me enfado porque olvidas qué carrera estudié o que me
gusta el café sin espuma.
3 comentarios:
Demasiadas veces me parece que no pasan los años, como un "dejá vu" en bucle muy familiar, como ahora al leerte... :)
Besos y salud
Buen relato
PAQUITA
Una relación pragmática, y ¡oye! que cuando lo hago yo, parece un sacrilegio...
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