Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

viernes, 6 de octubre de 2017

EL OTRO BARRIO


Recuerdo cuando quise dejar de estudiar, porque me sentía incompleta en el instituto. Y sola y frágil y eché una instancia para trabajar en el centro comercial que se había instalado en el barrio. El gran edificio gris que iba a tener hasta gasolinera y cines se erguía, orgulloso y feo, al otro lado de la carretera que separaba el barrio obrero, mi barrio, del otro barrio, el de los gitanos. Mientras iba de camino al centro comercial, tras un par de entrevistas en las oficinas principales días atrás, me acordé otra vez de cuando los de este lado quisieron echar a los del otro lado. Recordé a los vecinos en la calle con las cacerolas, en una especie de procesión muy ruidosa durante varias noches seguidas para conseguir que los gitanos se marcharan. Mi madre, normalmente ajena a cualquier protesta social y enemiga de multitudes que no fuera la peluquería, la suya, temerosa siempre de no saber si hacía bien, en aquella ocasión, una de las noches de más ruido, cogió una cacerola y la golpeó varias veces con la cuchara de madera que usaba para mover la bechamel de las croquetas. Lo hizo desde la terraza de la cocina, arropada por varios vecinos que hicieron lo propio desde sus terrazas, algunos al grito de “¡Fuera, no os queremos en el barrio!” Recuerdo que le pregunté, muy enfadada “¿qué tienes contra los gitanos?” y ella, sin dejar de golpear la cacerola, me contestó “¿has visto cómo tienen el parque del lago, todo sucio, además, traen droga al barrio”. “La droga lleva aquí mucho tiempo, podríais hacer sonar las cacerolas para que pusieran una línea de autobús a Madrid”. Ella no dijo nada, pero no tardó en guardar la cacerola.

En la entrevista, no me preguntaron por qué había dejado los estudios, pero sí si tenía intención de casarme y tener hijos. También me preguntaron qué pensaba del terrorismo en España y cómo creía yo que se podría acabar con él. Yo tenía diecisiete años, el curso perdido (pensaba que la vida también) y solo quería ganar dinero para comprar libros y ropa y para ir al concierto de Michael Jackson. En mi cabeza se coló una palabra: “diálogo” y me acordé de las cacerolas y los gitanos. Frente al entrevistador me limité a encogerme de hombros y esbocé un lacónico “no sé”.

2 comentarios:

Emilio Manuel dijo...

El "no sé" es algo habitual entre toda la ciudadanía; por ello, cuando alguien tiene un criterio propio y lo manifiesta es demonizado.

Saludos

Genín dijo...

Si, a veces da mucha "pereza" contestar a ciertas preguntas...
Besos y salud