
Ahora ya no me arrodillo en las partes traseras de los coches, al menos no para mirar las luces y cantar villancicos, más que nada porque quedaría un poco ridículo a mi edad y con mi envergadura. Sin embargo, mi momento navideño preferido sigue siendo la tarde de Nochebuena, incluso el día entero, hasta la noche: la copa en el trabajo charlando con personas con las que solo has cruzado un “hola” aislado en todo el año, las copas fuera del trabajo, el aperitivo de bar en bar que hace de comida y que dura hasta casi la cena (y sin casi), la llegada a casa, achispada, para liarse con los preparativos y, por supuesto, el regreso de Papa Nöel.
Os confieso que hace unos años habría escrito que la Navidad es una basura capitalista más implantada en nuestros cerebros de mosquito desde el nacimiento para consumir como posesos y que tener ilusión en estos días es de niños y de estúpidos. Bueno, no solo lo habría escrito sino que lo escribí, solo que no está publicado. Sin embargo, y no sé bien por qué (o quizás si), desde hace tres años he cambiado un poco mi percepción sobre estas fechas. Cierto es que las horas previas a la celebración de la Nochebuena siempre fueron mis preferidas, incluso durante mis años más radicales (los de la Facultad) y pesimistas (todos), pero el resto eran carne de cañón para mis feroces críticas.
Ahora, no es que me haya “adaptado” y sea una consumidora más (que lo soy), sino que intento ver lo positivo de las cosas que acontecen a mi alrededor. Esto no significa que lo consiga siempre, pero en este caso concreto de la Navidad me está dando por estimarla cuando regresa y echarla de menos cuando se va. Como a los buenos amigos.
Lo que aún me cuesta es tenerle cariño al último día del año. Esa Nochevieja estresante y/o aburrida que nunca cumple tus expectativas…al menos las mías. Porque las he tenido de todas clases: familiares con bingo y chocolate con churros, familiares con discusiones históricas, fiestas con barra libre de garrafón, sexo salvaje hasta el amanecer, cena, tele y a dormir, reuniones locas en casas de amigos (o del primo del vecino del hermano de un conocido de una amiga del instituto…), pero sigo sin encontrarle el gusto.
Creo que mi Nochevieja ideal existe, pero solo es posible en mi imaginación, como esa idea platónica a la que uno debe intentar acercarse para concretar sus realidades, pero sin llegar a ella. Me explico: lo que mi imaginación elucubra sería una noche en una ciudad nevada o junto al mar rodeada de toda la gente que ha pasado por mi vida o está en ella y que estimo (cosa total y absolutamente imposible), en un lugar cálido y acogedor donde hubiera manjares de todos los países. Buen rollo, la familia a la que nunca veo, los amigos que están lejos, los nuevos, risas, dulces, jaleo, nueces...
La última noche se me antoja como algo diferente y nada tradicional, al contrario que la Nochebuena a la que estimo porque nunca cambia, a penas el menú a lo largo de los años y eso es lo perfecto.
Sin embargo, la última noche del año no lo es…le falta algo, o quizás le sobre…No sé, pero yo sigo buscando y mientras busco y busco, me quedo con el sexo salvaje y las nueces.
Felices fiestas a todos.






