Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

viernes, 9 de noviembre de 2007

JUVENTUD ¿DIVINO TESORO?...

Ya sabéis que de un tiempo a esta parte no tengo conexión a Internet por culpa de Orange, con lo cual me he visto obligada a visitar diversos espacios públicos para mantenerme en la Red. Las consecuencias de estas visitas son muchas y variadas, algunas buenas y otras no tanto, pero en cualquier caso, estoy aprendiendo mucho de la experiencia y aquí vengo a contaros algunas de mis impresiones.

No sé si alguna vez habéis pensado eso de que la mejor forma de conocernos a nosotros mismos es enfrentándonos a realidades diferentes. Yo si, lo pienso y lo creo a pies juntillas. Cuando actuamos en escenarios en los que nunca antes habíamos puesto el pie no solo descubrimos nuevas formas de relación, de vida y de cultura, sino que nos autodescubrimos. Porque, aunque una sea una y la misma siempre, no es una y la misma en todas las situaciones ni con las mismas personas. Y no por eso una deja de ser una (¿me explico?) pues no hablo de mentir, ni echar por tierra nuestros principios vitales, hablo de infinidad de prismas posibles por los que mirarnos y mirar la vida.

Es un poco como ser actor y enfrentarse a historias y personajes distintos cada cierto tiempo, eso si, sin cobrar y sabiendo que lo que te está ocurriendo no es fruto de la mente calenturienta de ningún guionista, sino de la tuya.
En este sentido, seguramente alguna vez os habéis enfrentado a situaciones y/o personas en la que vuestro comportamiento y/o pensamiento os ha sorprendido.

Os pongo mi ejemplo:
Madrugada en el tren después de una laaarga noche de fiesta. Lo que más deseo es mi cama y no puedo evitar dormitar un poco mientras el tren llega a su destino. Unos golpes secos y fuertes me desvían de mi pequeño sueño. A duras penas abro los ojos y lo primero que veo es una chica sentada frente a mí que mira ojiplática hacia donde proceden los golpes y se tapa la boca con las manos como si quisiera esconder un grito (como en las pelis de terror).

Un poco entre el sueño y la vigilia me giro y el panorama es el que sigue: un chico de unos 13 o 14 años, encolerizado, lanza patadas sin control a otro chico de la misma edad que se retuerce en el suelo. Un tercero mira la escena sin intervenir, al igual que el resto de personas que están en el vagón.

Sin pensarlo dos veces me levanto y agarro por el brazo al mamporrero mientras le increpo sobre su actitud (“¡pero déjalo, no ves que lo vas a matar!”). Él me insulta (“quita puta”) y una de sus patadas (con bota) va directa a mi pierna (afortunadamente con bota también). Entonces le agarro el otro brazo y me pongo entre él y el chico del suelo. Las patadas cesan. “Suelta puta”, vuelve a decir. “¿Vas a seguir pegándole?”, le pregunto. “No”. Solo entonces le suelto y me dirijo al que está en el suelo. “¿Estás bien?”. “Si”. “Anda vete”. El chico corre vagón arriba y espera en una de las puertas a que el tren pare en la siguiente estación sin dejar de mirar a su adversario.

El mamporrero es un chico rubio, bien parecido y bien vestido. Aproximadamente de mi estatura (1,80), pero de complexión fuerte. El que miraba sin intervenir me saca una cabeza. Aún así les ordeno que se sienten “ahí” y ellos obedecen. El mamporrero dice algo, pero no logro entenderle pues no habla mi idioma.
Me quedo de pie hasta que el chico que recibía las patadas baja del tren en la siguiente estación, después me siento frente a los otros dos sin dejar de mirarlos. Seguía teniendo mucho sueño y es por eso que no recuerdo lo que ocurrió después. Imagino que bajé en mi estación, llegué a casa, me acosté y dormí como una angelita.
Fue al día siguiente cuando pensé en lo que había ocurrido y no solo me sorprendí por mi actuación, sino que temí por mi integridad física.

Aquellos dos adolescentes podían haberme hecho papilla literalmente, incluso con la fuerza de solo uno de ellos yo tenía las de perder, sin embargo, no lo hicieron. En lugar de esperarme a la salida de la estación y seguirme hasta un lugar solitario para darme mi merecido por meterme en sus asuntos, cedieron ante mis palabras.

Por mi parte, yo podría haberme cambiado de vagón, podría haber llamado a la policía desde mi móvil, o podría haber seguido durmiendo, sin embargo, tampoco lo hice. Hice algo que no va conmigo, que no suelo hacer y que además no me gusta hacer, como es meterme en una trifulca ajena. Mis razones, ahora, son infinitas para explicar mi actitud, pero entonces solo fue un impulso que pudo tener consecuencias nefastas para mi.

Esto sucedió hace más de un año (conservé la “huella” en mi pierna durante meses) y ayer me encontré en una situación similar, aunque no actué de la misma forma, en uno de esos ciber que ahora visito.
Tres o cuatro chavales jugaban a matarse virtualmente unos a otros desde distintos PC del local. Todo hubiera sido correcto (y no existiría esta parte del post) si los niños hubieran tenido a bien comportarse civilizadamente, pero el cruce de gritos, insultos, faltas de respeto y movimientos de silla se hizo tan insoportable que tuve que salir de allí a fin de no sufrir una enajenación mental transitoria y terminar mis días en Cienpozuelos (con la cabeza de alguno de ellos bajo el brazo).

Viendo el comportamiento de estos chicos, no me cuesta entender la violencia adolescente que está tan de moda (de la que fui testigo en el tren y de la que todos somos testigos en los medios) y, al tiempo, no entiendo cómo es posible que un niño pueda convertirse en un ser tan ruin sin que sus tutores hagan nada por evitarlo. ¿O es que no se enteran de lo que tienen en casa?
Vale, no soy madre, ni siquiera soy tía, a si que quizás no debería arriesgarme a seguir por este camino, porque claro, no entiendo de críos ni sé el sacrificio que supone criarlos y educarlos y tal y tal. Pero me arriesgo y sigo, entre otras cosas porque sufro a los hijos de los demás y estoy un poco hasta las narices.

Si no se quiere ni siquiera intentar una buena educación lo mejor es no traer hijos a este mundo. Si no se tiene tiempo ni ganas, lo mejor es no traer hijos a este mundo. Si no se sabe ni se quiere aprender, lo mejor es no traer hijos a este mundo. Si vamos a lanzarlos contra la sociedad como quien lanza un misil sin control, lo mejor es no traer hijos a este mundo. Si no somos capaces de desarrollar un espacio y un tiempo para ellos, lo mejor es no traer hijos a este mundo.

En definitiva: No seamos egoístas y démosle a la sociedad la oportunidad de regenerarse en lugar de envenenarla con individuos capaces de patearse la cabeza hasta reventar porque su equipo no ha ganado la liga regional. Sobran las razones para ello y seguro que cada uno de vosotros encontráis la vuestra. La mía: que estoy harta de la mala educación.

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