Aprovechando el arrebato de envidia que acabo de sentir al leer los blog de Davidik y Acorderetas, voy a plasmar aquí algunos de mis recuerdos e impresiones de Nueva York. Ciudad en la que nunca he vivido y en la que la mayoría de los que no la conocen dicen que no podrían vivir, pero a la que yo, personalmente, estoy amarrada desde que no recuerdo.Hace unos días, viendo un Zapping dedicado a teleseries norteamericanas de los ochenta y noventa, pensé que mi amarre a la ciudad de Nueva York podría tener su origen en el hecho de que a mi me pillaran verde y receptiva y me las tragara casi todas. Porque así ha sido desde The Cosby show hasta Sex and the City, pasando por Sheinfeld, Parker Lewis (can´t lose), Married with children, Rosseane, My so called life, Growing pains, Blossom, The fresh prince of Bel- Air, A diferent World …
Cierto es que algunas nunca he podido soportarlas (Alf, Family matters (nunca me hizo gracia Urkel), Full house o Saved by the bell), y otras casi me avergüenza recordar que las seguí (Beverly Hills 90210, Melrouse Place), pero aún así, la lista sigue siendo excesiva. Excesiva para una adolescente con la cabeza como una esponja y el corazón poco (o nada) grillado.
No lo sé, todo es posible, incluso que yo me quede con lo bueno de Nueva York a pesar de las críticas ajenas sobre lo nefasto del capitalismo, imperialismo, paternalismo (etc) yanqui. Acepto todos los –ismos y los tengo en cuenta, pero prefiero almacenar lo sabroso y sentir New York inofensiva y suave, como un osito de peluche. Sentir cómo me abraza cuando la visito o la recuerdo, como si me quisiera de verdad. Sin trampa.
Y es que, escondida bajo la contaminación, el ruido, las ratas, las propinas del 15%, existen mil y una ciudades cubiertas de historia y contrastes que sucumben al cambio continuo, pero que son eternamente una: Nueva York. A falta de espacio, los edificios viejos se tiran y se alzan como nuevos en pocas semanas, las calles mudan de color según el día y la hora, según la gente que transite por ellas y la fiesta que sea. El olor marca un territorio, como lo haría una frontera y los helados son tan grandes como uno desee.
Mi primer recuerdo de Nueva York está clavado en una noche de septiembre del año 2000. Rodábamos paralelos al río Hudson y las luces de los rascacielos dibujaban el contorno de una ciudad impecable y magnífica. Aquello no era real, era un espejismo que a medida que te acercabas se iba materializando, como si alguien fuera agitando una varita en el justo momento en que ibas a cruzar una calle, entrar a un restaurante o morder un pretzel.
Mi segundo recuerdo pega un salto en el tiempo (cinco años después) y es la visión del puente azul de Manhattan desde una ventana sin cortinas de Brooklyn. También es de noche, a penas acabo de aterrizar en el centro del mundo y ya me siento dueña del tiempo. Quiero pararlo.
Del tercero hasta el infinito son recuerdos sin orden cronológico que se superponen unos a otros irrumpiendo en mi vida según el color del día.
Los que la conocen saben que Nueva York tiene muchos rincones a descubrir y es tan vital como serena. Solo hay que dejarse mecer por su ritmo para darse cuenta de que en lo más profundo de este titán, existe un corazón abierto al soñador. Abierto al mundo.
Cada uno de nosotros llevamos dentro nuestra forma de sentir los lugares, nuestra forma de amarlos y de ver en ellos lo especial. Cada visitante y habitante de Nueva York lleva dentro su pequeña versión de la ciudad. Su pequeño altar o infierno, susceptible al derribo. Y yo, como visitante amarrada de corazón (y de por vida) a sus calles de grandes losas grises, a sus semáforos con manos rojas, a sus alcantarillas humeantes y a todo lo más absurdo a lo que uno puede amarrarse, tengo mi propia selección de lugares y momentos. Tantos como segundos tiene el día, incluso más.
Mi Nueva York son los Benedict eggs de Superfine, el puente de Brooklyn al atardecer, Coldplay, la sonrisa de Dave, la tormenta de verano en Wall Street, mi primer bagle, el olor de la colonia de mi hermana, el edificio de Godzilla, la cena con vino Alvariño en el SOHO, los regateos de Ana en Chinatown, el negro de bolsos Vuitton, el partido de fútbol en Park Avenue, el enfado de Jim Carrey, el brunch en el Upper Wide Side, la tuna en la Octava Avenida, las hamburguesas de pescado, las rebajas de Blomendales´s, la siesta en Great Lawn, el herizo de la casita de Queens, el sanwich más sabroso del mundo de camino a Philly, el olor a cinamon, el paseo dominical en el taxi water…
I'll be waiting in line
Just to see if you care (...if you care)
see me I always be waiting for U.
COLDPLAY

4 comentarios:
I love New York too!
Si hablamos de series, le recomiendo una que acaba de empezar y que revitaliza el amor por esa ciudad. Se llama "New Amsterdam" y es buenísima. Sólo llevan 6 ó 7 capítulos emitidos, pero a través de su argumento nos enseña la ciudad en la actualidad y a lo largo de su historia. Una pasada.
Yo también pensé que no me gustaría semejante ciudad para vivir, pero ahora que lo pienso y ya he estado, poder quedarme seis meses, por ejemplo de mayo a octubre, no estaría mal para poder disfrutarla del todo. Después, eso sí, volvería a casa,
Perdonamé, Sue, por colarme en tu blog... ¡buena cosa he hecho!
Si ya soñaba con conocer la ciudad de Nueva York antes de que fueran nuestros Corde y Davidik, después, leyendo sus posts, está siendo terrible el sentimiento de querer largarme para allá con urgencia... Pero es que (¡qué cabrona! ¡qué bien escribe usted!) tras haberla leído, esta visita se acaba de convertir en una necesidad imperiosa.
Espero que este sueño, al que usted ha contribuido con su texto a agrandar, se haga realidad muy pronto.
Un beso muy fuerte
Eso estaba pensando yo tamién, Ani, que con lo bien que escribe Sue, después de este post culalquier cosa que siga contando sobre NY va a parecer nada. En fin, de series sé muy poco o nada, pero por todo lo demás estoy totalmente de acuerdo con usted. Basta decir que es una de las poquísimas ciudades del mundo que, desde el primer momento en que la conocí, estuve seguro de que querría vivir ahí para siempre. Por cierto, además de muy bien, escribe usted mucho, Sue, pero por fin me he puesto al día con su blog. Por cierto, me encantó el post de Javier Cámara. Me alegro de volver por aquí. Un beso.
Gracias chicos.
Davidik, es facil escribir bien cuando te inspiran cosas maravillosas. Suena muy cursi, pero es tan real como que ahora mismo tengo un calor de mil demonios.
Ani, bienvenida por acá, solo puedo decirte que en el próximo viaje a NY te apuntes sin excusa, para tener tu propia opinión. Gracias por los halagos (...¿cabrona es un halago?..
je,je. Sé que si).
Acorde, me informaré sobre esa serie. Gracias.
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