Camina
todo lo deprisa que puede, tropezando a cada paso con las grietas
del suelo, algunas llenas de la lluvia que inundó la ciudad hace
días. Vislumbra la mueca amarga de las personas con las que se
cruza, aguanta estoicamente los empujones y las bocinas de los autos
que le exigen una rapidez inalcanzable ya para sus piernas.
Hace
años odiaba la ciudad. La odiaba por ruidosa y absurda y porque no
había forma de entender la disposición de las calles, ni de
distinguir las señales para autos y personas. Con el tiempo empezó
a gustarle, o se acostumbró a ella y fue descubriendo pequeños
rincones en los que soportar el ruido.
Sus
sueños siempre se detienen ante el semáforo en verde. Ahora tiene
que avanzar deprisa sobre las franjas blancas. Demasiado deprisa y
demasiadas grietas en la carretera. Teme caer, a pesar de que la mano
de su nieta la agarra con fuerza. Con la otra sostiene un teléfono
diminuto.
En
la ciudad siempre hay cobertura y su nieta habla animadamente con
alguien que no tiene al lado desde hace tres o cuatro calles, sin
reparar en que sus pasos son demasiado jóvenes. El semáforo se
torna rojo en pocos segundos y los motores de los autos comienzan a
rugir de nuevo. Gracias al cielo, piensa, hemos cruzado a tiempo.
Un
halo de esperanza inunda sus cansados ojos cuando ve que su nieta se
dirige hacia la vereda. Un obrero les sale al paso.
-
No pueden pasar por aquí, den la vuelta.
-
¿Por aquí no se va al puente?- pregunta su nieta, dejando unos
segundos de hablar por el móvil.
-
No, está cortado, hay un puente provisional a cien metros, hacia
allí.
Su
nieta vuelve a su conversación telefónica y se dirige hacia donde
señala el obrero sin reparar en que ella se ha quedado mirando al
horizonte. Paralizada.
Sus
ojos solo alcanzan a ver una gran excavadora amarilla. Más allá no
parece haber nada.
Su
nieta la toma por el brazo.
-
Venga, que luego me llevo yo la bronca.
-
¿Dónde está el mar?
-
Aquí no hay mar abuela, esto es Madrid. Venga, vamos.
Al
fin cede a la presión del brazo de su nieta y vuelve a caminar intentando no tropezar con todo lo que encuentra a su paso: hierros,
trozos de madera, tuberías oxidadas, piedras, montículos de arena.
No puede ya volver la vista para buscar el mar porque su nieta va
demasiado rápido.
Mientras
siguen por el tortuoso camino, intenta recordar la última vez que lo vio. Fue justo hace un año, desde el coche de su yerno,
demasiado rápido, pero al menos pudo ver el agua y disfrutar de una
agradable brisa marina que le recordó a su valle. No lo recuerda muy
limpio, es lo que tienen los mares de las ciudades, pensó entonces.
El
puente parece demasiado frágil, demasiado provisional, casi tanto
como sus piernas. Su nieta no duda un instante y empieza a subir con
paso firme. Ella la sigue, amarrada como está a su mano. Tiene miedo
de caer, pero no se queja, ni dice nada. En silencio sube las
escaleras que no dejan de crujir a su paso y en silencio cruza el
puente, siempre demasiado rápido, de la mano de su nieta.
No
quiere mirar bajo sus pies para no temblar demasiado, pero el rugido
de una máquina la desorienta y su mirada, casi sin querer, cae.
Entonces descubre una imagen nueva y terrible. El mar ha
desaparecido. En su lugar hay escombros, polvo, ruido, grandes losas
de piedra y máquinas excavadoras. Redes metálicas a lo largo de la
vereda impiden el paso a los transeúntes.
¿Dónde está el mar?- se pregunta- ¿Dónde se lo llevaron?
2 comentarios:
Pobrecita, parece un poco mas mayor que yo, pero no mucho mas... :)
Te ha quedado muy bien :)
Besos y salud
Gracias Genín!
Un beso!
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