Leitmotiv
Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.
Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.
Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.
-C. Lispector, La hora de la Estrella-
sábado, 29 de agosto de 2015
APUNTES Y SERVILLETAS
Me resulta extraño comentar que también a mi me gusta
sentarme sola en una terraza tranquila y tomarme un café tardío (más allá de
las doce de la mañana, después de haber desayunado copiosamente en casa, bajo
la atenta mirada de Ada que solo aspira a jugar y jugar) y,
quizás, algo dulce para compensar la retirada del mundo. Pero como digo, es extraño, porque otras muchas
personas lo hacen y ni siquiera lo comentan como algo especial. Sin
embargo, para mi es muy especial, aunque sea una vivencia chiquita como los
hombrecillos de Millás. Leía, precisamente hoy, esta novelita-joya en la terraza
elegida. Una con sombra y esquina, fachada pintada en tonos de azul y camarero
alto y pelón que me sirvió un croissant embolsado bastante apetecible, a pesar
del plástico venenoso. El café no era ni por asomo excelente (esa espuma inservible), pero
el rincón que elegí para leer a Millás era el mejor, con diferencia, de toda la
calle y, quizás, fijaos cómo me pongo, de todo el barrio.
Me gusta sentarme a leer con un café y algo dulce, para
compensar la retirada del mundo, pero lo que más me gusta y me distrae (de la
lectura) es observar el ir y venir de la gente del barrio, imaginar qué
piensan, inventar dónde van, de dónde vienen y fijarme si llevan calcetines. En
esta época, no obstante, se ven más pies que calcetines. Los inmigrantes (je,
es curioso, la mayoría llevan más tiempo aquí que los que los llamamos
inmigrantes) también tienen pies y si llevan calcetines suelen ser
blanquísimos.
Cuando hago esto de observar calcetines, suelo comer muy tarde, pero llego a casa “con las pilas cargadas”, como suele
decirse, y proyecto mucho mientras cocino noodles orientales, que es
el último grito en mi cocina. Proyecto viajes, novelas, encuentros, business y, de
repente, me apetece hacer un montón de cosas que el día anterior no estaban
siquiera en mi mente.
Los viernes son raros, te pillan contenta, pero cansada. Los
sábados son ricos.
Durante mis paseos, suelo visitar pequeños comercios en los
que hago algún pequeño gasto. Lo hago consciente de que la economía local es
lo que nos salvará, algún día, de todo este desastre, pero también porque
quiero y me gusta. Hoy, por ejemplo, compré jengibre, cacao puro y tres libros
y, al pasar por la frutería, me dieron a probar una sandía de semilla etíope que me encantó.
Y me encanté. Normalmente rechazo lo que me ofrecen, por un retraso que tengo,
pero esta vez dije “sí” y el sabor era exquisito.
¿Y a qué venía to esto? …
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6 comentarios:
Pos venia a que estabas leyendo el libro de Millás, que te dió olor a quesos y te dedicaste a mirar pies y calcetines, todo menos leer a Millás, por lo visto, además de tomar café regulín y reflexionar sobre lo pernicioso que es el petroleo que envuelve nuestra comida, aunque por lo visto, las tías sois capaces de hacer todo eso y leer a Millás al mismo tiempo, y encima, profundizar en su discurso...jajaja
Feliz domingo te desea este carcamal... :)
Besos y salud
"Observar calcetines" ¡qué buen título!
Me gusta mucho lo que escribes y si lo leyera Millas estaría contento porque los buenos escritores son los que te inducen a levantar la vista del libro y experimentar.
Abrazos dulces.
Genín, ¡ningún pie huele a queso! esa es otra leyenda urbana, pardiez, como esa de que los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez. Hombres y mujeres pueden, to es ponerse :)
Besos!
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Isabel, ay, qué bonitas cosas dices.
Un abrazo.
Hace tiempo que tengo la intuición de que coincidiamos en ese placer por sentarnos en una terraza y observar, puedo pasar horas así, sin nada y con todo en la mente, viendo y observando, con el libro en la misma página, y luego sumergido en un leer increiblemente concentrado, para volver a observar hasta la bolsa de la compra de la viejita que pasa...
Se te lee relajada, en paz, tal vez en tu lugar, o queriendo el lugar en el que estás, y eso mola mucho.
Abrazo largo.
A mí me encanta observar y hacerme mis propias pelis de lo que veo, es algo que siempre me ha gustado. Y esos cafelitos a ratos en alguna cafetería que nos gusta por algo, son maravillosos.
Un beso desde mi cafetería.
Suso, con el libro en la misma página :) uno se concentra mejor en la lectura cuando se distrae de vez en cuando y la paz, aunque sea en gotitas, llega mejor si gusta el lugar donde estamos. Ya lo sabes tú.
Un abrazo.
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Carmela, fíjate que me imagino tu café junto al mar :)
Un beso.
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