Miro a través de la luna delantera, tras el volante dormido, y veo como las montañas pontevedresas llegan hasta el cielo, ¿o es el cielo que baja hacia ellas para acariciarlas? Sea como fuere no hay duda de que aquí es donde viven las nubes. Este es el hogar del algodón de azúcar.
Si no hubiera sido por el ordenador de a bordo este post no había existido, ni tampoco yo, ni vosotros, al menos no de la misma forma, porque todos los acontecimientos se enganchan y sueltan unos de otros con la misma facilidad y el mismo trance. En realidad, en un pasado no muy lejano, estuve a punto de hablaros de El mal de la juventud, de Ferdinand Brückner, no solo porque es una obra cumbre de la escena contemporánea sino porque a pesar de haber sido escrita hace 84 años es tremendamente actual. Tanto, que da miedo. Al menos un poco. Pero el hilo se me fue con la avería y ésta me llevó al recuerdo del doctor Kolakowski, al que creí ver hace unos días en el aeropuerto de Santiago.
El doctor Kolakowski fue mi profesor de filosofía del instituto y me hizo una ilusión horrorosa pensar que era él, cuando creí verle, porque era mi segundo profesor preferido. De acuerdo que era un tipo deprimente, siempre con la cabeza gacha, hablando de grifos y rompiendo estereotipos, pero en eso radicaba su atractivo: en que no era feliz. A él le debo que se acentuara mi pesimismo existencial y mi agudeza critica en un momento decisivo de mi vida en el que no solo debía elegir entre Ciencias o Letras, sino entre la búsqueda de la Falsa Felicidad o la Formación Continua, la Capacidad de Reacción y la Esperanza de Cambio. Asignaturas que no se aprendían en ninguna escuela y que no iban siquiera en paralelo con las primeras. De hecho yo elegí ambas, Ciencias y Letras. Aunque suene a mentirijilla.
El caso es que el doctor Kolakowski consiguió lo que no habían conseguido ni las noticias de los periódicos (que yo por entonces sí leía): que adelantara la fecha de mi suicidio. En base a esta verdad, o en su honor, debo comentar que yo tenía un almanaque en el que anotaba mis días de menstruación, los que me tocaba tomar el agua de alcachofa con jugo de limón y el día de mi suicidio. Éste último lo iba moviendo de lugar según las circunstancias, también un poco por cobardía, pero sobre todo porque no me convencía ningún método, máxime teniendo en cuenta mi algofobia natural.
Y fue en esto del método donde el doctor Kolakowski me aclaró un poco las ideas una mañana de instituto en la que me entregaba a mis pensamientos apoyada en la baranda de la escalera. Yo aun guardaba alguna esperanza en el mundo, o un par de ellas, como quien colecciona mariposas, también estaba la curiosidad por el sexo, la poesía y una más que incipiente inquietud por otras culturas (cuanto más diferentes a la mía, más inquietud). Entonces llegó el doctor Kolakowski, sigilosamente, y con una pregunta que no sonó más alta que un susurro, abordó todas esas banalidades como elefante en cacharrería:
Qué grande el doctor Kolakowski. Siempre con ese humor tan negro.
Ahora sé que si llego a dejarme embaucar por su pesimismo maduro no habría podido probar el pan de noce de Marianela, ni su empanada de zamburiñas, ni habría conocido a los patos de Mondariz y, por supuesto, nunca se me habría cortado la respiración con la visión de la fachada compostelana. Y eso, sobre todo lo del pan de vieiras, jamás se lo hubiera perdonado a mi querido Kolakowski.
Jamás.

12 comentarios:
¿Y yo qué digo ahora? Aparte de que es un texto buenísimo (probablemente de lo mejorcito que te he leído), lo único que se me ocurre es dejar de parlotear aquí y volverme al blog a leerlo de nuevo.
Te has pasado unos buenos días sin pisar por ésta, tu casa bloguera, pero, caray, con qué buenas parrafadas lo has hecho.
Jamás dejes de escribir. ¡Jamás! ;-)
Una cosa sola: cada vez escribes mejor. Enganchas y no se puede parar de leerte.
Un abrazo y chapeau!
Bueno bueno, querida SUE, volver de Santiago es volver de un lugar mágico, que te atrapa y te llena el alma de poesía y de realidad. Porque se mira al cielo en medio de tanta piedra y todo se integra en una armonía fascinante
Un beso! Quiero ir a Santiago!!!!
Que grande el doctor Kolakowski.
Una pregunta así lo define de pies a cabeza.
Lo que hubiera dado yo por tener un profesor así, pero no, los que tuve estaban preocupados por comprar un piso más grande, cambiar el coche o ir de vacaciones a Nueva York.
Unos gilipollas.
Besos.
¿Ves?
te tendrías que haber venido a Logroño...
Besicos
Siempre me ha flipado la influencia que se puede tener sobre algunos alumnos y esa frase que se pronuncia sin más y les marca para toda la vida.
Sigue haciéndonos disfrutar con estas crónicas.
Bizzz, Sue.
Gracias Cid, qué honores me otorgas, así da gusto escribir y volver y todo.
Jo.
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Virgi, ¿soy como una droga entonces? je,je. Pero de las buenas, ¿no?...
Gracias poeta.
Un beso.
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Carmen, sí, Santiago es lindo, como lo es la gente de esas tierras. En fin, no tengo palabras suficientemente bellas para describirlo.
Pégate un homenaje y vuela a Santiago ya mismo!
Sí Toro, muy grande y solo su nombre es falso (para salvaguardar su identidad), aunque muy similar al real, así que ya ves, no todo el mundo quiere coches grandes (personalmente prefiero vacaciones en Nueva York)
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Belén, a la próxima :)
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Zarzamora, cierto, aunque en el caso del doctor K fue algo más que una frase.
Bizz.
Soy de las que piensan que de entre las personas están las que saben qué quieren y las que no. Kolakowski sabe muy bien que quiere, parecerse lo más posible al sabio aunque en realidad es idiota
jaja! qué mala si ni siquiera lo conozco!
Saludos
Yo creo que llegados a este punto, ya estás preparada para aprobar fácilmente la asignatura Esperanza de Cambio.
Ostia, eres tremenda.
Un beso vulgar para la reina.
Sí, Viking, el doctor K lo tenía bastante claro. Era tremendo. Una sola de sus clases te hacía plantearte infinitud de preguntas. Rompia moldes como un martillo. Como Nietzsche.Era la repera.
Un saludo.
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Reyes, creo que sí, sino hubiera terminado en el primer piso del insti aplastada como una tortilla, ahí, a la vista de todos. Qué mal, no?
Un beso.
¡Pessoano que era DON KORSAKOV!
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