Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

miércoles, 26 de mayo de 2010

ANDRES EL VIEJO


Andrés el viejo era entusiasta y optimista. Dicen por ahí que además era buena persona y muy guapo. Un chico alto, bien plantao y con un humor envidiable que se llevaba de calle a todas las niñas (y algún que otro zagal) del pueblo. Su hermana María, candidata a monja por las Carmelitas de Calvarrasa, le quería más que a su vida y cada cumpleaños renovaba sus sollozos y la retahíla plañidera con nuevos arrebatos de dolor: "Por qué no me llevaste a mi, Dios mío. ¿Por qué a él?". “¿A ver qué te hizo el pobre niño para llevártelo de esa forma?” “El rey de la casa. Mi rey. Devuélvemelo”.
A pesar de su devoción, Dios no le dio bola y nunca le devolvió nada más que una sensación de vacío más vigorosa cada año. Y es que, Andrés el viejo, pese al deseo retardado de su devota hermana, fue el primero que emprendió su viaje al cielo para reunirse con su madre. Aunque dicen las malas lenguas que ya desde monaguillo, cuando era Andresito, el guapo, no creía que su madre le esperara en ningún cielo. Todo lo más en el bar de la plaza tomándose un carajito reparador. Que el campo era muy duro.

Así que, a pesar del sobrenombre que le puso el clan (no más para distinguirlo de los Andreses más jóvenes), Andrés no tuvo tiempo de hacerse viejo y se marchó al otro barrio siendo un mozo de treinta, dejando viuda (“esa arpía que nunca le mereció”) y un bebé de pocos meses: Andrés el nuevo.

Ni que decir tiene que el nuevo Andrés adquirió el carácter y la planta de su padre, sin embargo no heredó la zalamería de su familia paterna ni el cariño que ésta le profesó durante los primeros meses de vida. Por ello fue que cuando aquella señora le llamó y le dijo entre lágrimas que era su tía y que le quería “una pila”, le pasó el teléfono a su madre (la presunta arpía) y se marchó a jugar a fútbol con los colegas sin mayor problema.
Años después, buscando documentación para ingresar en la Facultad de Derecho, encontró su partida de nacimiento y descubrió, abriendo mucho sus grandes ojos negros, que tenía un padre biológico del que nunca había oído hablar.

La arpía, ahora sí, se había esforzado de lo lindo para alejar al pequeño Andrés de su familia paterna, tanto que ni siquiera supo qué cara tenían hasta que se le ocurrió visitarlos una memorable y calurosa tarde de agosto. La familia al completo de Andrés el viejo coincidió en admitir que aquel muchacho era “igualito que su padre, mírale”. Hubo lágrimas, suspiros, besos sonoros y risitas tras los quicios de las puertas de sus primas más pizpiretas.
Tras aquél breve encuentro, todos auguraron mantener el contacto por siempre jamás y una de sus primas más pequeñas (la que no se desmarcó de la mesa camilla para que Andrés no descubriera lo gordita que estaba), prometió construir una casa en el árbol más alto de la rivera del Tormes como signo de amor.

Sin embargo, el tiempo pasó devorándolo todo y no hubo más contactos, ni besos, ni casa en el árbol y Andrés el nuevo nunca descubrió quién le regaló sus preciosos ojos negros.

*A mi tío Andrés (el viejo) y a mi padre.

20 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Cada familia es un mundo.
Con sus guerras, sus armisticios, sus fronteras y sus masacres.

Besos.

keiko dijo...

Ni que lo digas....me has recordado a la historia de mi mather.
Precioso y triste lo que has escrito, con mucho tacto y mucho mimo.

Un beso desde las baldosas amarillas.

Keiko.

Dr.Mikel dijo...

A veces no es necesario descubrir, basta con saber sentir.

Tempus fugit dijo...

Estos escritos deben de ser.... en los protagonistas, si los leen... más eficaces que un abrazo...


besos

Guido Finzi dijo...

Suele ocurrir que, los buenos tipos terminan casándose con arpías, y los desgraciados, con auténticas santas.

Un saludo

Sandra Sedano dijo...

Al final todas somos arpías (para alguien. Incluso a veces para una misma) y todos tenemos una historia.
Enhorabuena a tu padre por dejar en ti la impronta del encanto familiar.

Sue dijo...

Toro, si cada persona es un mundo, imagina cada familia...

Bs.

---
Keiko, a ver si me llevas un día de paseo por ese camino de balsosas, andaaa, venga.
Recuerdos a tu mami que es un encanto.
---
Sí, Mikel, y también dicen que a veces es mejor vivir en la ignorancia.
---
Cenizas, muy cierto.

---
Guido, es una ley no escrita (o quizás alguien la escribió en alguna parte y ahora todos la seguimos como borregos). Ahora queda saber si somos capaces de descubrir y aceptar si somos la arpía, la santa, el desgraciado o el buen tipo.

---
Blanche, en efecto, a veces depende del cristal con que se mire, pero está claro que hay arpías de nacimiento, independientemente de quien las mire.

Anónimo dijo...

Sue, suele pasar....y por desgracia con cierta facilidad...Saludos

Miguel Baquero dijo...

Muchas veces, todas esas promesas de reconciliación familiar se quedan en el aire, y lo triste es que por simple pereza

Guido Finzi dijo...

Está sabido: tú no eres ninguna arpía, y yo soy un buen tipo. De los demás, no me arriesgo a lanzar diagnósticos...

saludos

Belén dijo...

Si es que es lo que digo, que en cada familia cuecen sus habas, y que el karma no vuleve, no vuelve...

Besicos

Sue dijo...

Gon, suele pasar porque a veces los humanos somos muy poco humanos.

---

Miguel, promesas al viento. Cierto.

---
Guido, estoy completamente de acuerdo contigo en eso :)

---

Ay Belén, las habitas con jamón están bien ricas, pero bueno, que cada palo aguante su vela.
Como se dice por ahí.

S. Cid dijo...

Sí es arpía la tipa, sí. ¿Qué haría para, tras el viaje de Andrés el nuevo en aquel memorable y caluroso día de agosto, chafar la ilusión de una niña y su casa en el árbol, y cortar de raíz los besos y futuros contactos? Arpía, de pies a cabeza.

virgi dijo...

¿Sabes que está muy bien esta historia? Le has dado el toque perfecto, también tendrás algo de esos preciosos ojos negros?

Besitos

Sue dijo...

Eso Cid, ¿qué haría? ... bueno, yo lo sé, pero es tan desagradable que ni merece el comentario.

---
Virgi, me temo que los ojos negros se los llevó mi hermano. A mi me dejaron unos verdimarrones que había por ahí de oferta.
Me alegro que te haya gustado la historia.
Un beso.

Dol dijo...

Qué hermosa historia , y qué bien contada.
..
Pensé que era un cuento ;
aunque los mejores cuentos siempre son también verdad .
Besos.

Anónimo dijo...

Promesas... existen y no son, algo así como grandes pompas de jabón, muy atractivas pero no contienen nada.
Saludos

Sue dijo...

Gracias Reyes. Tan real como la vida misma, aunque algo difuso por el paso del tiempo.

---

Qué buena comparación Viking. En verdad son como pompas de jabón.

Manuel Márquez dijo...

A mí, compa Sue, me pasó como a la compa Reyes, lo fui leyendo tal cual si fuera una ficción pura y dura, y me sorprendió comprobar, al hilo de los comentarios, que había ahí, en esas tan bien trovadas letras, una memoria de hechos reales (todo lo tamizados que tú hayas querido, eso sí...). Tiene su mérito desnudar así, públicamente, esas intimidades (algunos, me temo, no seríamos capaces), pero más mérito aún tiene el hacerlo dándole un bello envoltorio de palabras. Felicidades, pues...

Un fuerte abrazo y buen día.

Sue dijo...

Pues muchas gracias Manuel, se agradece que alguien encuentre belleza en las palabras que escribo. A mi, la mayor parte de las veces, me parecen horrendas.

La historia es real, matizada, como tu dices, por el paso del tiempo. Pero ya sabes lo que dicen: las cosas no son como fueron sino como las recordamos.
Un saludo.