Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

lunes, 5 de mayo de 2008

BUEN ROLLITO

De un tiempo a esta parte, más o menos desde siempre, me vengo dando cuenta de que me aburren soberanamente las conversaciones sobre:

-Fútbol/Fórmula 1/Motociclismo
-Memoria de calidades de pisos/coches/motos
-Niños / bebés
-Bodas/comuniones/ bautizos

Supongo que mi falta de interés por estos fenómenos se debe a que hago lo posible porque me sean ajenos, aunque no lo suficiente como para escapar de ellos de forma efectiva y absoluta. Es decir: forever.

En este caso admito que me tachéis de rara (pero solo en este caso, eh) porque en verdad os digo que no soporto (nada y nunca) las personas y los momentos que me ahogan con estos temas. Es como si me obligaran a ponerme una bufanda y un abrigo en pleno mes de agosto, con 40º a la sombra y además me exigieran contestar: "¿Tú qué piensas de esto?".
Pues pienso que me falta el aire y que si no desconecto o hago mutis, muero lentamente como pez sobre arena. Eso es lo que siento: que me asfixio.

La verdad es que nunca he sido demasiado consciente de que vivo en un mundo cargado de pormenores que no soporto y al margen, muchas veces a mi pesar, de ciertos acontecimientos socio-culturales. Digo a mi pesar porque la mayor parte de las veces quisiera hacerme eco de esos fenómenos y conversaciones que preocupan tanto: la Liga, la Copa, Fernando Alonso, lo nuevo en encimeras de mármol, la Play Station, el último modelo de Opel, los radares de la M-30, los vencedores de Fama... al menos para no sentirme idiota ni escuchar eso de: “Pero tú, en qué mundo vives”.
Pues en el mío, como todos.

En cualquier caso es algo que no puedo cambiar, a si que no voy a martirizarme (ni martirizaros) hoy con ello porque ya bastante tortura es intentar recordar todo lo que tengo que dejar hecho antes de volar a yanquiland. Y sabiendo, además, que aunque me planifique al estilo nipón, olvidaré por lo menos, por lo menos, un par de cosas cruciales.

Después de los cuatro días ociosos que nos ha regalado el “acueducto” de mayo, tengo muy pocas ganas de echar pestes contra el sistema o contra mi misma. Y no porque no tenga motivos para ello (entre otras cosas: vengo de Hacienda) sino porque quiero terminar la semana con buen pie y dejar Madrid de buen rollito.
Sé que es mucho esperar que a mi vuelta las obras de la Puerta del Sol estén terminadas, los precios de las cosas hayan bajado, los trogloditas de fin de semana se hayan evaporado, mi casero se haya convertido en un ser primoroso etc., a si que me conformo con que la vida siga su curso y las cosas no vayan a peor.
Bueno y que no haya paz para los pederastas, maltratadores, violadores y monstruos de calibre diverso que pueblan Madrid y el mundo. Esos que se jodan sin perdón.

Y como no quiero terminar esta entrada con una palabrota, os cuelgo un poema conciliador y precioso de José Fernández de la Sota.


Ojalá con el tiempo
sólo quede lo bueno, que los años
arrasen la memoria de los días
de miseria y que el viento,
igual que se llevó nuestras promesas,
se lleve las palabras alevosas
con que nos golpeamos
hasta hacernos sangrar.
Que el corazón descanse y que la lluvia
borre la última huella
de la última batalla.

José Fernández de la Sota
Todos los santos, Hiperión, 1997.
Premio “Euskadi” de literatura en castellano (1998
)

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