Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

miércoles, 19 de diciembre de 2007

POR LOS PELOS

Yo, que en mi más tierna infancia me escapaba de clases de ballet para asistir a clases de teatro (hasta que mi madre se enteró y me quedé sin teatro y sin ballet, ala), vivo encantada con la idea de que el show continúe, porque así debe ser, como decía Freddy Mercury.

Por esa razón, para mí siempre es un placer (y ya casi un lujo) sentarme en la butaca del entresuelo de un teatro y ver, en vivo y directo, una representación. Si no me quedo colgada con las entradas y la disfruto acompañada es un doble placer y si además lo representado sirve de analgésico contra la realidad durante unas horas, el trío de Ases está servido.

Se habla mucho de la magia del séptimo arte, pero la magia del teatro es mucho más inmediata y casi se puede tocar, al igual que los actores, que no son megaestrellas (aunque lo sean), sino personas que derrochan talento a penas a unos metros de distancia. A veces hasta te entretienes en buscar el truco, la trampa o el fallo y cuando lo encuentras te gusta mucho más. Al contrario que en el cine en pantalla, donde todo parece más edulcorado y los fallos le restan atractivo a la historia.

En el teatro no hay intermediarios y se concentra en cada representación una obra distinta, incluso si carece de improvisación. Por eso me gusta. Porque los actores son personas y el público es correcto. Una no tiene que llamarle la atención a las chicas de oro que no paran de cuchichear en la fila de atrás (como aquellas tres que no entendían nada de Brokeback Montain y casi al final de la peli gritaron al unísono “¡anda, pero si eran maricas!”), ni tampoco al imberbe que sorbe la Coca Cola con una pajita de dos metros. Una se sienta y disfruta, sin más.

En esta ocasión disfruté de Por los pelos, en el teatro Príncipe. Una comedia en la que la trama está directamente relacionada con el público y una no es una mera espectadora dedicada a deleitarse en la contemplación del arte, sino que interactúa con los personajes convirtiéndose en uno más en la escena. Por esa razón se trata de una representación original e incapaz de aburrir a nadie.

Además de lo interesante de su formato, su éxito (que ya cosecha semana a semana) se debe a la frescura de los actores que llenan el escenario. A destacar la gran Loles León, que tira la casa por la ventana y afloja los esfínteres más estirados y Roberto Correcher, un actor joven y, al menos para mi, nuevo en la escena que derrocha pasión en cada gesto.

Muy recomendable si tienes un mal día o un mal semestre.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Hola! Solo queria decirte que comparto todo lo que dices acerca del teatro. Yo tambien fui a ver "Por Los Pelos" y me encantó. Me rei muchisimo... la disfrute a tope. Y sobretodo de la increíble actuación de Roberto Correcher, mi actor favorito, que se mete al público en el bolsillo.

Saludos ^_^