
Y bueno, si el señor F decora las paredes de su salón con cabezas de animales muertos me parece que entra dentro de sus gustos depredadores y añejos y resulta hasta coherente con su idiosincrasia. Sin embargo, el fotógrafo ya podía haber tenido un poquito más de humanidad y luces y pensar que la foto la íbamos a ver todos, hombre. ¿Es que no había lugares mejores para el documento gráfico de marras?
En fin, que después de recordar esta estampa del siglo XIX, en un periódico del XXI, ya casi no me quedan fuerzas para escribirle mi carta a Briget Jones y ponerla a caldo (que es de lo que iba esto), pero voy a intentarlo.
Querida Briget:
Me caíste bien la primera vez que te vi, tanto, que después de leer tu libro me fui a ver tu peli. Jo, y como me reí con la historia de tu vida, lo torpe que eras y tu falta de voluntad para no cumplir las promesas que te hacías. Eras graciosa, aunque te pasabas con el alcohol, pero quién soy yo para juzgarte (el que esté libre de pecado que tire la primera piedra). Un pelín desesperada con el tema de la testosterona, pero no llegabas a molestarme porque resultabas cautivadora dentro de tu puerilidad.
Sin embargo, Briget, tengo que confesarte con muchísima tristeza que has cambiado desde la última vez que te ví. No físicamente, porque sigues luciendo las lorzas que te encumbraron (y que a mi me resultaban tan feministas), sino en el resto. Te falta sex a peal y te has vuelto aburrida y estúpida. Perdona, no quería insultarte, pero es que no he podido terminar de ver la segunda parte de la historia de tu vida de tan mema que me resultaba. No solo no has evolucionado sino que, además, has exagerado aquello que no tenías que exagerar y le has dado la razón a todos los que malograron tu nacimiento.
Jo, es que yo siempre te defendí, y no solo porque supiera que habías sido novia de Jim Carrey, sino porque realmente me parecías una chica extraordinaria y digna de defensa. Siempre me puse entre tú y las feministas de pro para que no te destriparan como a un cerdo en matanza y busqué argumentos para salvaguardar tu dignidad y tus rosados mofletes. Pero hija, ya me resulta imposible, porque te has convertido en lo que nunca quise ser.
También es cierto que no es todo culpa tuya, pues tu madre literaria no ha sabido hacerte progresar, pero vaya, tú también podías haber puesto algo de tu parte para seguir por el buen camino. Digo yo, vamos.
Jo, Briget, con lo maja que eras.

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