Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

miércoles, 31 de octubre de 2007

CANELA EN RAMA

Cuando el cambio climático solo era ciencia ficción y las chicas de Martinson aún temían a los dragones, cuando aún en el mes de noviembre hacía frío, un frío que calaba los huesos y que anunciaba un invierno terrible y casi interminable, nació esta historia.

Yo la conozco porque la leí en el árbol del sueño, el más viejo del bosque, ese que decían que era su alma. Alguien dejó una inscripción hace mucho, mucho tiempo y de ella se alimentó la leyenda.

Durante el año no recuerdo el bosque ni el árbol ni la inscripción, ni la historia, pero cuando llega Halloween despierta el dragón y me hace recordarlo todo. Sin embargo, no puedo contarla a nadie. Si intento escribirla mis manos tropiezan con las letras y el resultado es un galimatías sin sentido y si quiero contarla mi voz se apaga y no consigue emitir sonido alguno.

Por esa razón no puedo contaros la historia del árbol más viejo y el dragón más bueno de la zona oscura del bosque, ni el increíble encuentro que tuvieron con la pequeña bruja y el pez de colores en las dunas de arroz con leche.

Sin embargo, puedo llevaros a mi escondite, La Canela y describiros cómo es su ambiente en la tarde previa a Halloween. No es lo mismo que la bella historia del dragón, pero tampoco está mal.

La música de Diana Kroll, o alguien con su mismo color de voz, se desliza en el aire y se funde con el olor del café recién hecho.
A mi lado tres jóvenes hermosos planean una gran fiesta de Halloween en la que habrá divertidos disfraces y muchas risas. Uno de ellos pide un té con una “manchita de leche y sacarina, por favor”. Sus perfectas mechas delatan una incontrolable pasión por las peluquerías. El otro confiesa a su amigos su pequeño drama: “no tengo que ponerme”. El tercero huele a fresas.

Mientras discuten, inventan y ríen, yo organizo mis papeles sobre la mesa dejando espacio para el café. Cuando llega, humeante y cremoso, le dedico casi toda mi atención.

Cada martes y jueves me refugio en este lugar con nombre de flor aromática y comestible que descubrí por casualidad cuando buscaba destino. El azar debió escuchar mis plegarias y dirigió hasta aquí mis pasos y aquí ando yo, agradeciéndoselo aún. Hoy con este post, mañana…quién sabe.

Quizás para otros es un lugar como cualquier otro, un café-bar de los muchos que pueblan la gran ciudad, pero para mi es un pequeño ecosistema de felicidad y tranquilidad absolutas. Aquí puedo, al menos durante una hora, leer, escuchar buena música, estudiar y escribir sin obstáculos. Aquí me escabullo de la vida y al tiempo la sigo de cerca.

Al final, cuando termino mi café y mi momento y busco las monedas para pagar, se me hace raro cruzar el umbral hacia la calle y la nostalgia me asola un poco. Pero entonces pienso: por muy oscuro que esté el cielo, si logras regalarte un lugar y un momento como éste al menos durante una hora al día, la vida merece la pena.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ay! Que bonito... yo quiero saber como fue el encuentro con el pez de colores en las dunas de arroz con leche. Yo quiero ser ese pez.