Yo la conozco porque la leí en el árbol del sueño, el más viejo del bosque, ese que decían que era su alma. Alguien dejó una inscripción hace mucho, mucho tiempo y de ella se alimentó la leyenda.
Durante el año no recuerdo el bosque ni el árbol ni la inscripción, ni la historia, pero cuando llega Halloween despierta el dragón y me hace recordarlo todo. Sin embargo, no puedo contarla a nadie. Si intento escribirla mis manos tropiezan con las letras y el resultado es un galimatías sin sentido y si quiero contarla mi voz se apaga y no consigue emitir sonido alguno.
Por esa razón no puedo contaros la historia del árbol más viejo y el dragón más bueno de la zona oscura del bosque, ni el increíble encuentro que tuvieron con la pequeña bruja y el pez de colores en las dunas de arroz con leche.
A mi lado tres jóvenes hermosos planean una gran fiesta de Halloween en la que habrá divertidos disfraces y muchas risas. Uno de ellos pide un té con una “manchita de leche y sacarina, por favor”. Sus perfectas mechas delatan una incontrolable pasión por las peluquerías. El otro confiesa a su amigos su pequeño drama: “no tengo que ponerme”. El tercero huele a fresas.
Mientras discuten, inventan y ríen, yo organizo mis papeles sobre la mesa dejando espacio para el café. Cuando llega, humeante y cremoso, le dedico casi toda mi atención.
Cada martes y jueves me refugio en este lugar con nombre de flor aromática y comestible que descubrí por casualidad cuando buscaba destino. El azar debió escuchar mis plegarias y dirigió hasta aquí mis pasos y aquí ando yo, agradeciéndoselo aún. Hoy con este post, mañana…quién sabe.
Quizás para otros es un lugar como cualquier otro, un café-bar de los muchos que pueblan la gran ciudad, pero para mi es un pequeño ecosistema de felicidad y tranquilidad absolutas. Aquí puedo, al menos durante una hora, leer, escuchar buena música, estudiar y escribir sin obstáculos. Aquí me escabullo de la vida y al tiempo la sigo de cerca.
Al final, cuando termino mi café y mi momento y busco las monedas para pagar, se me hace raro cruzar el umbral hacia la calle y la nostalgia me asola un poco. Pero entonces pienso: por muy oscuro que esté el cielo, si logras regalarte un lugar y un momento como éste al menos durante una hora al día, la vida merece la pena.

1 comentario:
Ay! Que bonito... yo quiero saber como fue el encuentro con el pez de colores en las dunas de arroz con leche. Yo quiero ser ese pez.
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