Leitmotiv
Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.
Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.
Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.
-C. Lispector, La hora de la Estrella-
lunes, 8 de agosto de 2016
PÉRDIDAS
No
suelo escribir sobre la gente que se va, que se va para siempre me
refiero, que muere vaya. Que muere de verdad y no porque yo haya
decidido matarlos en mi memoria. Nunca sé muy bien qué sensaciones
me produce la “pérdida” de alguien que se va en serio. No lo
supe con mi abuela, con la que no tuve el trato suficiente para
quererla como mandan los cánones, ni lo supe con otras tantas
personas de mi entorno que se han marchado. Y cuando digo “mi
entorno”, no me refiero solo al sanguíneo, a la familia que me ha
criado, abuelos, tíos, primos y demás gaitas, sino a otras personas
que, de una forma u otra, han conformado mi crianza. La mayoría de
ellas sin ser conscientes de la magnitud de tal empresa, todo hay que
decirlo. Artistas de toda índole, escritores, personas anónimas o
muy poco conocidas por mi, filósofos…
Ayer
murió Gustavo Bueno, a la edad de 91 años. Una edad muy natural
para morir y, en su caso, tras una larga actividad vital e
intelectual, lo cual no evita que su muerte haya supuesto aquí
dentro un azote de nostalgia. Cuando Bueno tenía 70 yo tenía 22 y
fue entonces cuando le escuché por primera vez. Fue en una charla
que un discípulo suyo arregló para que en la Facultad tuviéramos
la oportunidad de escuchar en vivo y en directo al padre del
“materialismo filosófico”. Seguramente fue un momento histórico,
pero yo, lo único que recuerdo de aquel simposium es el olor de la
colonia de su mujer, que le acompañaba a todas partes, y la ternura
con que mi profesor le acompañó hasta la mesa desde donde charló
con nosotros. Bueno, lo de charlar es un decir, porque lo que hacía
Gustavo era continuar el discurso filosófico que debía tener en la
cabeza desde la pubertad. Un discurso que fue desarrollando con los
años, haciéndolo cada vez más complejo, de tal forma que
escucharle era como subirse a un tren en marcha a toda velocidad. La
mayor parte de los conceptos que escuché por primera vez ese día, y
ya no olvidé, no supe qué coño significaban entonces “cierre
categorial”, “conceptos conjugados”, “esquema metamérico”
y me temo que tampoco ahora podría afirmar que llegué a
asimilarlos. Me gusta imaginar que después de cinco años de carrera
y de leer algunos de sus artículos y libros, he podido comprender su
pensamiento, pero debo confesar que no le he dedicado tanto tiempo
como para que eso sea un hecho.
¿A
qué se debe, entonces, este azote de nostalgia o pena por su
fallecimiento? Está claro, su figura y su filosofía formaron parte
de una época de mi vida, una época que me marcó y formó como
persona. La que soy ahora, tiene mucho de la que fui entonces y la
que fui entonces tiene mucho que ver con Gustavo Bueno. Me deja dos
libros suyos pendientes de leer en una estantería llena de otros
libros igual de pendientes y una sensación ténue de orfandad que,
al no tener la potencia suficiente para dolerme, no sé cómo hacer
desaparecer.
Imagino
que con el tiempo…
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4 comentarios:
Si claro, el tiempo lo cura todo, creo que te comprendo, yo tampoco he sentido un dolor desgarrador por la muerte de alguien, quiero decir, un dolor como el que yo pensaba que habia que sentir cuando una persona querida del entorno de uno, palmaba, esto que voy a decir, seguramente chocará a alguien, pero la muerte que me produjo un dolor insoportable fue la de mi perro Doky, y no era yo un carajito, ya tenia mis dos hijas, seguramente tendría yo sobre los 35 tacos, ya antes se me habían muerto perros porque toda la vida los he tenido, menos ahora, y me dolía cuando cascaban, pero el dolor del Doky fue muy importante, todavía recuerdo como lo llevamos entre mi mujer y yo a enterrarlo debajo de la higuera donde a el le encantaba estar tumbado a la bartola, fue el dolor mas fuerte que recuerdo que tuve por la muerte de alguien y que espero no volver a sentir nunca mas... :(
En fin, perdona a este carcamal, no pretendo equiparar el dolor por la muerte de una persona querida al de un perro en plan peyorativo, pero a mi me ha sucedido lo que he sentido y lo cuento...
Besos y salud
Yo no creo que el tiempo lo cure todo.... ojalá fuera así para mí. Sí amortigua o hace mas llevadero una pérdida, pero el desgarro siempre estará, al menos para mí. Hay varias personas que su ausencia aun me duele, me toca una parte muy especial de mí misma, pero la peor sensación que he tenido, que tengo, es la que ahora estoy sintiendo y es la de estar en vida con alguien que la está perdiendo. Arañar el tiempo, minuto a minuto al tiempo, al inmutable tiempo. Perdona porque me salí por las ramas.
Un beso, Sue.
Duelen las ausencias y aunque no sean cercanas, tampoco importa. No sabía nada de este hombre hasta que leí en la prensa que había muerto.
Entiendo esa orfandad muy bien, piensa que yo a veces imagino que muere un tipo como Leonard Cohen y estaría triste no sé el tiempo.
Besitos, guapa, besitos.
no lo leí tanto,más que nada lo he oído hablar en la tele.
Me transmitía paz porque el lenguaje culto normalmente me relaja , me supone un suave desafío y un viaje atractivo en medio de la meseta de los torpes a la que sin duda pertenezco.
Pero el otro día leí una entrevista reciente y me pareció soberbio, con ese punto paternalista de algunos pensadores; se burlaba de Bob Dylan como cultura popular y cosas así.
También dijo que los animales no tienen derechos.
Supongo que los filósofos están para embellecer la vida y crear teorías que nos quiten un poco nuestra miseria moral, aportándonos luz; luego sus opiniones o puntos de vista pueden ser tan capullas como las de cualquier parroquiano de bar.
Supongo.
Un abrazo,Sue.
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