Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

lunes, 1 de septiembre de 2008

A SIMPLE SUNDAY AFTERNOON


El domingo me despanzurré en el sofá y dediqué la tarde a una de mis actividades favoritas: ver películas de Woody Allen. Abducida como estaba por los alienígenas del planeta Allen (Melinda & Melinda, Manhattan y Sueños de un seductor), me dio por pensar que tengo un montón de cosas en común con Woody. De hecho, podría decir que soy él excepto en dos detalles: que él es un hombre y que es un genio. Es decir que soy Allen en todo lo demás: paranoica, obsesiva, hipocondríaca, sarcástica, crítica, ridícula, de tendencias suicidas, poco práctica, maniática y fan de Nueva York.

Tomar conciencia de esto es una ventaja, porque una ya sabe a qué atenerse consigo misma y deja de tener remilgos a la hora de confesar que se chuta en vena películas de Woody Allen como antídoto de la realidad.

Sin embargo no siempre fue así. Los comienzos de mi relación con Allen fueron duros, como casi todos los comienzos.
Recuerdo que cuando yo lo único que sabía de Allen es que se había liado con su hijastra china, una compañera de Facultad bebía ya los vientos por él. Al conocerla más en profundidad la conclusión a la que llegué fue clara como el agua: Allen era un director para petulantes y esnobs y yo no quería formar parte de ese grupo. En realidad no quería formar parte de ningún grupo y es por eso que intenté pasar olímpicamente de Allen y dedicarme a otros menesteres que yo creía menos petulantes y mucho más prácticos, como el teatro alemán, por ejemplo (muy práctico y funcional a la hora de buscar un trabajo al terminar la carrera).

Sin embargo, alguien que sigue llorando con La quimera del oro de Chaplin está condenada a fracasar en su intento de pasar del cine o de un director como Woody Allen. Es por eso que al final cedí y accedí a ver Poderosa Afrodita y fue partir de ahí cuando todo cobró sentido. La vida, el cine. La vida…

Y eso que reconozco en lo más profundo de mi ser que el cine está sobre valorado y que, posiblemente, Woody Allen también lo esté, pero reconocerlo no sirve cuando sus películas se han convertido en una droga casi tan dura y necesaria como el cacao.

Que quede claro que jamás me integré en el grupo de los petulantes, básicamente porque me cuesta integrarme, pero tengo que reconocer que a veces soñaba con pertenecer al universo de Allen y ser uno de los suyos. Uno de esos personajes totalmente entregados a la incertidumbre y a las pasiones absurdas. Bueno, más o menos lo que soy pero con un maravilloso guión para no meter la pata ni quedarme en blanco y una casa en Manhattan.

Y es que es Manhattan precisamente una de mis películas preferidas, a parte de la mencionada Afrodita (el primer amor nunca se olvida), porque en ella está ese Allen genuino del que surge todo lo demás. Los escritores fracasados, los guionistas accidentales, los intelectuales promiscuos, las mujeres y los hombres envueltos en disquisiciones eternas sobre la vida, el amor y la muerte, llenos de complejos y vicios confesados, ahogados en jazz.
Unos personajes aturdidos pero incansables en su búsqueda de la felicidad. Algunos casi la tocan, pero no se dan cuenta (como a veces nos pasa a nosotros), otros la temen, otros simplemente existen para hacerte reír y aunque vivan una tragedia son capaces de levantarse con una sonrisa y llevarte de la mano.

Eso es lo que me gusta de Woody, que sabe como hacerme volar hacia otros escenarios. Quizás es huir, pero como dice nuestra querida comentarista Acorde, también hay que saber hacer de la huida algo constructivo. Sino, nos volveríamos locos.

PD: ¡Joder, qué petulante soy!

5 comentarios:

A corderetas con mi alma: "Corde" dijo...

Gracias por el guiño Sue!
Si sacas esa coclusión de ti misma, entonces nos parecemos más, todavía, de lo que creemos (excepto pq no suelo ser hipocondríaca).
Para mí las 3 mejores de Allen son por este orden: Manhattan (qué tomas más maravillosas), Annie Hall y Balas sobre Broadway.
Eso sí, mi droga es más el cacao, que conste. Un besazo.

Sue dijo...

No he visto balas!!! Aún me queda tanto por ver...

A veces digo: "voy a comprarme esta peli de Woody o a sacarla de la biblioteca que no la he visto",pero luego pienso "¿y si espero un poquito más. Quizás me encante". Y es que me encanta esa sensación de saber que ciertos universos están ahí, esperándome, y yo puedo elegir el momento para verlos y que no sean fugaces.

No sé si me entiende Acorde.

:)

A corderetas con mi alma: "Corde" dijo...

La entiendo demasiado, querida. Aún tengo pelis sin estrenar, esperando ese momento que se torne en definitivo. Y en esas estamos...

Ani dijo...

A mi también me gusta mucho Woody Allen, ya te he comentado en otra ocasión que me encantó Casandra's dream, y también Match Point, porque no es exactamente a lo que nos tiene acostumbrados, y sin embargo... sigue siendo genial!

Sue dijo...

Si, Ani, cierto que lo comentaste. Y tengo la del sueño de Casandra pendiente de ver también.