Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

miércoles, 4 de junio de 2008

WASHINGTON: LA LUZ

Washington es una ciudad inmensa en la que es tirando a jodido encontrar un centro de avituallamiento medianamente normal. Y cuando digo “normal” me refiero a un local que no sea buffet o sirvan comida rápida, sino a un restaurante con camareros y manteles individuales (porque allí no se lleva el mantel comunitario. El afán de independencia se nota hasta en los más pequeños detalles). Esto podría ser, en una vista rápida, la falta que yo le pondría a la ciudad oficial de los EEUU, mi toque negativo para que los yanquis no se relajen. El resto me pareció no solo aceptable sino en extremo bello y relajante.

La capital de los USA es grandiosa, pero su enormidad no es apabullante, sino refrescante, pues está cargada de aire y luz. Uno no se asfixia en sus avenidas, como podría asfixiarse en New York (le ocurre a muchas personas ya que es difícil ver el cielo) porque no hay rascacielos y sí grandes esplanadas de hierba y muchísimos árboles. Si tuviera que dibujarla lo haría con los colores blanco, verde y azul. Blanco para los edificios, verde para sus esplanadas y árboles y azul para el cielo.

De los lugares más visitados: el Capitolio y la Casa Blanca, yo me quedo con el Capitolio, porque está mucho menos restringido y goza de un terreno extenso para pasear, descansar y observar la mencionada construcción desde cualquier ángulo. Los alrededores de la Casa Blanca, por contra, están blindados por vallas y fuerzas del orden y a penas puede una disfrutar de la vista. Con el añadido de que como cruces cualquiera de los cordones policiales que cercan el área del turista te puede caer una reprimenda al más puro estilo poli malo.

A mi lo que más me impresionó es el hecho de que no hay vida apreciable en muchos kilómetros a la redonda. Y con “vida apreciable” me refiero a la vida que tiene toda típica ciudad norteamericana: bares, restaurantes, tiendas, carritos ambulantes de cualquier comida o cosa, luces de neón... La idea de que puedes comprar cualquier cosa y a cualquier hora, que es lo que impresiona de Nueva York, es aquí una quimera. Quizás por eso tiene fama de ser la ciudad americana más europea, por la tranquilidad que irradia, tan característica del viejo continente. Aunque seguro que esto tiene que ver más con el hecho de que la diseñara un francés enamorado hasta las trancas de París: Pierre Charles L'Enfant

Sus avenidas y edificios recuerdan, en efecto, a París, pero también a Madrid, aunque sus dimensiones superan con creces las de cualquier ciudad de Europa. Es divisar su City Hall (Ayuntamiento) y en seguida cae uno en la cuenta de que está al otro lado del océano, donde la abundancia y el tamaño superan con creces las medidas europeas.

Para compensar la tranquilidad y hallar el latido de la ciudad una solo tiene que tomar el bus o el coche y acercarse a los alrededores, por ejemplo, a Georgetown. Escuché que su Universidad es una de las más caras de EE.UU. y su campus uno de los más bellos. Y como lo primero no creo que pueda comprobarlo en esta vida, comprobé lo segundo que era gratis. Y en efecto, el campus de Georgetown es precioso. Al más puro estilo inglés, o eso me pareció a mi, ignorante en esto de las universidades de élite.

Durante nuestra visita a esta ciudad universitaria envidié por primera vez a nuestro Felipe (el Borbón), que tuvo el privilegio de estudiar y vivir allí (con nuestros impuestos, claro). Y estudiar no sé, pero me juego el cuello a que lo pasó de lujo.

En fin, que me quedo con Georgetown, con su calle principal atiborrada de restaurantes internacionales, con su puerto y sus barquitos. Con su luz y sus flores, que brotan en cada rincón.

DEDICATORIA: Dedico esta entrada a Olvido Gara (Alaska) por su posado en defensa de los toros. ¿Qué mejor desnudo que aquél que se hace por una noble causa?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

De toros… pero no de cuernos.

Ayer o antes de ayer mientras desayunaba me deleitaba escuchando el programa de radio de Gemma Nierga donde algunos de sus invitados comentaban precisamente el posado de Alaska contra la tauromaquia. Y una de las voces participantes, apasionada del arte taurino, explicaba que lo bueno de vivir en un país democrático era que todos teníamos el derecho de expresar y defender nuestros “gustos”(¿?).

Sigo sin entender por qué miles de personas siguen negando una realidad: clavarle banderillas a un toro es torturarlo, nos guste o no. Si no le saliera sangre, quizás no habría manera de comprobar cuánto sufre el animal. Pero hay sangre. Y es sangre de verdad, no como la que aparece en la espalda de Olvido Gara, a la que aplaudo por su ataque a la tauromaquia, pero no por el formato de ella.

No tiene nada que ver con que el desnudo haya sido o no retocadísimo, porque yo honestamente tampoco me desnudaría “sin retoques”, sino a que el “verdadero” mensaje, la del sufrimiento del toro, se pierde entre sus curvas.

Pandereta

Sue dijo...

La verdad es que no es necesario desnudarse para protestar contra la matanza de los toros, porque como bien dices, el desnudo (retocadísimo) puede desviar la atención sobre lo importante, pero es una forma de llegar.

Por otro lado, el desnudo publico siempre ha sido una forma de expresar la libertad individual y espetar los ojos ajenos, a si que quizás es mejor verlo como imágen para la causa.