Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

viernes, 14 de diciembre de 2007

HABLAR POR HABLAR


No estoy segura de que la prostitución sea “un derecho de cada mujer”, como asegura Valèrie Tasso, autora del libro Diario de una ninfómana, en el diario Metro esta semana. Quizás bajo su perspectiva y sus circunstancias quiere pensar que así es, puesto que fue esclava de una enfermedad que la obligó a ejercer la prostitución y es posible que, con el tiempo o durante ese tiempo, considerara que estaba ejerciendo un derecho.

Tampoco creo que ser prostituta tenga un correlativo directo con el hecho de hacer lo que a una le de la gana, ni siquiera si esa una lo hace porque quiere y cuando quiere, aunque es normal que la práctica del sexo en la mujer, siempre considerado tabú y políticamente incorrecto (aún hoy), se identifique con la subversión y la libertad. Sin embargo, no creo que sea así, máxime si eres esclava de una patología y además cobras por ello.

Si quisiéramos definir la adicción a las drogas, al tabaco, al juego, al trabajo, al dinero, yo añadiría, no sé, a la comida basura, a la mala televisión… ¿se os ocurriría incluir el concepto de libertad en la definición? ¿Pensaríais que alguna de estas adicciones se “ejerce” en libertad? Seguro que no. La adicción al placer tampoco se ejerce en libertad y mucho menos si hay dinero por medio.

Algunos pueden pensar que se trata de una especie de trueque, un negocio, algo romántico, la profesión más antigua del mundo, etc. OK, hasta ahí puedo leer, pero de derecho nada. O al menos deja de serlo cuando se convierte en una necesidad, una adicción o una imposición (propia o ajena).
Una cosa es el derecho a ejercer la sexualidad de forma libre, sin que nadie te obligue a seguir unas reglas sociales, sin juicios, permisos ni prohibiciones externas, y otra muy distinta prostituirse.

En cualquier caso, el tema de la prostitución es harto delicado y yo nunca he sabido muy bien en qué lado de la cama estoy, pero en general siento lástima y rabia cuando pienso en la dignidad y el valor de esas mujeres. Evidentemente si una mujer decide libremente ejercer la prostitución en cualquiera de sus formas (no todas se anuncian en los periódicos, ni se pasean por Montera, of course) no voy a venir yo a decir que no sabe lo que hace y tampoco pretendo regenerar el decoro perdido de nadie (la diosa me libre). Entre otras cosas porque esto no va de “decoro” sino de ir hacia delante y no hacia atrás como me da la sensación que vamos todavía en muchos asuntos.

A mi juicio no es sano que se intente dar un halo romántico a la prostitución ni que se la confunda con un derecho de toda persona (ejercerla y consumirla). En todo caso debe considerarse una elección personal y como tal es digna de respeto, pero la pregunta es: ¿quien toma esa elección entre otras, realmente se respeta a si mismo? Y no hablo solo de las personas que se ganan la vida con ello (mujeres, hombres) sino de aquellos que solicitan sus servicios.
Si alguien ha visitado la Casa de Campo de Madrid un viernes noche quizás entienda la magnitud de mi pregunta, os aseguro que el escenario no deja lugar a ninguna duda.

Yo una vez conocí a alguien que habitualmente utilizaba los servicios de las prostitutas de esta zona. Aparentemente no revelaba ninguna incapacidad para tener sexo (e incluso amor) gratis con mujeres libres, pues era un tipo joven, sano, bien parecido y simpático que ostentaba el segundo puesto en la lista del más popular de la pandilla (el primero también pagaba por sexo pero no conozco su historia). Sin embargo, esa incapacidad existía, aunque, por supuesto, él jamás lo confesó y muy pocos se daban cuenta de ello porque el envoltorio despistaba: un chico guapo, moderno y simpático que adulaba a todas las mujeres. De esos que dicen “las mujeres son lo mejor y hay que adorarlas”. Y todas tan contentas.

Lo que revelaba su falta de amor propio y ajeno y sus complejos (varios según averigüé más tarde) eran sus hábitos y el hecho de que no fuera capaz de mantener una conversación con una mujer sin dejar de lado el espectro de “putero”. Es decir, el de “yo pago, yo mando”.
Hay personas que solo disfrutan de las personas si pueden dominarlas, otras si se sienten dominadas, otras atesoran complejos y patologías varias y así hasta el infinito. Y estaréis conmigo en que estar dentro de algunas de estas dependencias no es ningún derecho.

Y…bueno, para no terminar como la mojigata de colegio mayor que una parece cuando cuestiona la prostitución, voy a felicitar a todas las mujeres que si ejercen su libertad sexual y su derecho a la igualdad, a la independencia, al respeto y a la vida.

También a Jodie Foster, una de mis actrices preferidas junto a Shirley Maclaine y Diane Keaton, por haber salido del armario (aunque no fuera necesario) y por seguir demostrando en cada trabajo su enorme talento y sensibilidad. Imagino que no habrá sido fácil llevar una vida que muchos consideran contranatura en el mundo que vivimos e intentar ejercer esos derechos siendo “un bicho raro”.

Y ya de paso felicito a Javier Reverte por sus últimas declaraciones: “No lucharía ni por el rey ni por la patria”. Ole!

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