Después del jamacuco que me dio el jueves y que me iluminó sobre la edad de mi estómago (algo más de 15 años), vuelvo a mis queridas cavilaciones para mi gloria y pesadilla. Y esta vez me he parado en seco ante un artículo muy interesante que me pasaron en la oficina: Guerra y paz en las organizaciones, o como yo lo subtitularía, los conflictos emocionales en el entorno laboral.Lo interesante del artículo es su dimensión (o la dimensión que yo quiero darle), ya que, aunque se edita en una publicación empresarial y se ciñe a este ámbito, puede (y creo que debe) desarrollarse en todas las esferas donde hay vínculos personales. Y de ese desarrollo surge toda mi reflexión.
El autor (perdonad pero no conservo ni recuerdo su nombre) distingue entre tres tipos de conflicto en las organizaciones:
-El abuso de poder =jefes que no saben dirigir, pero a los que les encanta mandar.
-La falta de comunicación entre Departamentos
-La falta de comunicación entre los compañeros
No hace falta que diga lo fácilmente reconocibles que son estos tres conflictos en el entorno laboral, seguro que cada uno le ha puesto ya cara al suyo, ¿a que si?...Yo si, venga no seáis tímidos.
Las personas que abusan del poder (algunos incluso de un poder que se inventan) son bastante habituales en las empresas y pueden ser causa y efecto de los otros dos conflictos que menciona el artículo. Es decir, que si un jefe no sabe por donde pisa es muy posible que los empleados anden a la gresca con él y entre ellos. No sé si fue antes el huevo o la gallina (el abuso de poder o la falta de comunicación), pero está claro que se complementan y no es posible la existencia del uno sin el otro.
Y por extensión, también en la vida que no es laboro existe el abuso de poder y la falta de comunicación y ya sé que no estoy descubriendo nada, pero ¿cuál es la verdadera raíz del problema? Pues parece que, al igual que la belleza y la felicidad (pareja en la Grecia Clásica), está en el interior y se llama “ego”:
Leyendo estas frases (intenté hacer un copy del artículo pero no es posible, cada ciber es un mundo a si que otra vez será) me he creído inmersa en una obra vinculada al campo de las humanidades, eso que ha estado siempre tan mal visto porque en sus hornos nada se producía, y entonces he empezado a psicoanalizarme por mi propio bien.
A ver, Sue, tienes que reconocer que hay personas a las que no entiendes cuando hablan, no es que no entiendas sus palabras o su idioma, sino que no entiendes dónde quieren ir a parar ni lo que quieren decir. No te ocurre siempre, ni con todas las personas, pero si lo suficientemente a menudo para que te preocupe. Además, por esa regla de tres, esas personas a las que tú no “captas” (captar de comprender y atraer) pueden no “captarte” a ti, y entonces si que estamos ante un verdadero infierno. El de “los otros” que decía Sartre. Parece que los otros son siempre el problema.
Ala, ya está, ahora sigo con el post.
El “mea culpa” tiene muy mala fama, tanta que al que lo pronuncia le tachan de víctima o cobarde, en lugar de reconocer que la autorreflexión, el mirarse a sí mismo es lo más oxigenante y puro. Y si hay que ceder terreno a la verdad del “otro” debería cederse sin mayor problema.
Ayer, viendo Los miserables (gran pareja Víctor Hugo y Liam Neeson) volví a pararme en estos vericuetos psicológicos y consideré de nuevo esa idea de la paz interior de la que habla el artículo y que subyace últimamente a todo lo que leo, veo, escucho y hasta como (excepto en las chuches que hicieron arder mi estómago). Cómo un hombre puede cambiar su actitud ante la vida gracias a la bondad de los demas...
La enseñanza que yo extraigo del artículo y de la gran obra romántica es el cambio, pero el propio, cada uno el suyo, pues muchos cambios propios son muchos cambios ajenos.
Y es que ya lo decía Baroja, ese hombre con fama de rudo y de pocas palabras (como mi abuelo), que el secreto para una vida plena es mudar, mudar hasta de piel si es necesario.

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